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miércoles, 23 de julio de 2014

Una entrada sin pies ni cabeza

Es curioso lo que sucede cuando una regresa a la casa de su infancia, o, en mi caso, el hogar de diecinueve veinteavos de mi vida.

La nostalgia es inminente.

Cada rincón se vuelve recuerdo.

Por ejemplo, la cera de vela impregnada en el sillón dibuja con humo invisible la torpeza de una noche a varios años de distancia; la pared conserva la silueta nupcial de un retrato descolgado hace apenas mil cien días.

El simulacro del regreso a la casa de mi vida trajo un recuerdo vívido que extrañamente no tiene qué ver con la casa ni con mi familia. Lo recreé bajo el sopor suave de un licor que prometía ser extranjero pero lo era tanto como yo en esa casa.

Por la misma manía que me condujo hacia la afición a la nicotina, besaba el filo de un vasito medio lleno de licor de cereza. Como si nada, frente a la tele, bajo una cobija tejida por mi madre, esperando la hora de dormir. Y, de repente, como si todo.

Y me vi a mí y te vi a ti.

Entras con porte señorial a todos lados, como si hasta la oscuridad intuyera tu sonrisa resquebrajada como un espejo. Tomas poco, ya no fumas. Me acerco a ti con el cinismo de la cerveza número dieci-ya-estoy-borracha y un cigarro en mano. Y sé que entre nosotros todo es lúdico: nos podemos tener cuando queramos, funciona como hechizo a voluntad.

Y de pronto me besas o te beso y se acaba el protocolo.

Nos transformamos en el eclipse de luna, en las cervezas de martes a mediodía, en las frases encriptadas que nos unen como si fueran nuestras hijas.

De vuelta al sillón en la casa de mi infancia, el licor me acelera el cuerpo y me retarda la conciencia. Tal vez la resaca de tu piel jaguar o dios sabe qué maleficio maligno de tus ojos paganos.

Y el deja vú que sentí cuando te miré enternecida y estuve fuera de tono y te sentí tan mío y quise pensar que los deja vús suceden cuando estás viviendo lo que te corresponde como un anillo a cada dedo o un pezón a cada boca o una trucha a cada plato pero dijiste que hace mucho tú no lo sentías.

Pero me dio igual –o casi. Sólo yo me enamoro de tu risa.

Y otro trago de licor. Y tu sabor, tan parecido al licor, aferrándose a mi labio de arriba.


Mi licor, mi cereza, mi jaguar.




sábado, 19 de abril de 2014

El uso de la fuerza (1938), William Carlos Williams [Traducción personal]

Ellos eran nuevos pacientes míos, todo lo que sabía era el nombre: Olson. Por favor venga tan pronto como pueda, mi hija está muy enferma.

Cuando llegué fui recibido por la madre, una mujer grande de aspecto asustado, tan limpia y apologética que sólo se atrevió a decir: ¿es éste el doctor?; y a dejarme pasar. En la parte trasera, añadió. Debe disculparnos, doctor, la tenemos en la cocina porque ahí es cálido. La casa es muy húmeda a veces.

La niña estaba completamente vestida y sentada en las piernas de su padre, cerca de la mesa de la cocina. Él trataba de levantarse, pero le hice un gesto para que no se molestara en hacerlo, me quité el abrigo y empecé a mirar. Pude ver que todos estaban muy nerviosos, inspeccionándome de arriba a abajo con desconfianza. Como suele suceder en tales casos, no me decían más de lo que necesitaban, ese era mi trabajo; para eso estaban gastando tres dólares en mí.

La niña me devoraba con sus fríos, quietos ojos, aunque sin expresión en su rostro. No se movía y parecía, internamente, tranquila; una pequeña y atractiva cosita, y tan fuerte, en apariencia, como un novillo. Pero su cara estaba enrojecida, ella respiraba rápidamente, y me di cuenta que tenía fiebre alta. Ella tenía un espléndido cabello rubio, en la profusión. Una de esas niñas salidas de fotos reproducidas en folletos publicitarios y secciones de fotograbado de los periódicos dominicales.

Ha tenido fiebre por tres días, comenzó el padre, y no sabemos por qué. Mi esposa le ha dado cosas, ya sabe, como hace la gente, pero no mejora. Y han habido muchas enfermedades por estos rumbos. Así que pensamos que sería mejor que la revisara y nos dijera cuál es el problema.

Como los doctores hacen comúnmente, tomé un tiro de prueba como punto de partida. ¿Ha tenido dolor de garganta?

Ambos padres contestaron juntos, No… No, dice que su garganta no le duele.

¿Te duele la garganta? Preguntó la madre a la hija. Pero la expresión de la pequeña no cambió ni movió sus ojos de mi cara.

¿Ha revisado?

Lo intenté, dijo la madre, pero no pude ver.

Da la casualidad que habíamos estado teniendo una serie de casos de difteria en la escuela a la que esta niña fue durante ese mes y todos estábamos, bastante obviamente, pensando en ello, aunque nadie había hablado aún de eso.

Bueno, dije, supongo que primero echaremos un vistazo a su garganta. Sonreí de la manera más profesional que pude y, preguntando por el nombre de la niña, dije, vamos, Matilda, abre tu boca y echemos un vistazo a tu garganta.

No hacía nada.

Aw, por favor, dije, sólo abre grande tu boca y déjame ver. Mira, dije abriendo completamente mis manos, no tengo nada en las manos. Sólo ábrela y déjame ver.

Qué hombre tan amable, añadió la madre. Mira qué gentil es contigo. Vamos, haz lo que te dice. No te va a lastimar.

En respuesta a eso, apreté los dientes con disgusto. Si tan sólo no hubieran usado la palabra “lastimar” yo podría haber llegado a algún lado. Pero no me permití apresurarme o perturbarme y hablando en voz baja me acerqué lentamente a la niña de nuevo.

Al mismo tiempo al que movía mi silla un poco más cerca de pronto, con un movimiento gatuno, sus manos trataron de arañar instintivamente mis ojos y casi los alcanzaron. De hecho, me quitó los lentes –que volaron- y cayeron, aunque no estaban rotos, varios metros lejos de mí en el piso de la cocina.

El padre y la madre casi se ponen de cabeza de vergüenza y disculpas. Niña mala, dijo la madre, agarrándola y sacudiéndola del brazo. Mira lo que has hecho. Este hombre tan amable…

Por dios, interrumpí. No me llame hombre amable frente a ella. Estoy aquí para revisarle la garganta por la posibilidad de que tenga difteria y posiblemente muera por eso. Pero eso no significa nada para ella. Mira, le dije a la niña, vamos a mirar tu garganta. Eres lo suficientemente grande para entender lo que digo. ¿La abrirás sola o tendremos que abrirla por ti?

Ni un movimiento. Incluso su expresión no cambiaba. Su respiración se había vuelto más y más rápida. Luego comenzó la batalla. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerle una revisión de garganta por su propio bien. Pero primero le dije a los padres que dependía totalmente de ellos. Expliqué el peligro pero dije que no insistiría en la revisión de garganta si no tomaban la responsabilidad.

Si no haces lo que dice el doctor, te vamos a llevar al hospital, amenazó la madre.

¿Ah sí? Tuve que sonreír para mis adentros. Después de todo, ya me había enamorado de la salvaje mocosa, los padres eran despreciables conmigo. En la lucha que siguió se hicieron más y más abyectos, abrumados y cansados ​​mientras que ella sin duda elevó a alturas magníficas de la insana furia el esfuerzo de tenerme miedo.

El padre intentó lo mejor que pudo, y era un hombre grande pero el hecho de que fuera su hija, la vergüenza de su comportamiento y el pavor de lastimarla lo hicieron soltarla justamente en el momento crítico en el que casi lograba el éxito,  hasta quería matarlo. Pero su pavor de que tal vez tuviera difteria lo hizo pedirme que continuara, que continuara aunque él mismo casi se desmayaba, mientras la madre se movía hacia adelante y atrás, a nuestras espaldas bajando y subiendo las manos en una agonía de aprehensión.

Ponla frente a ti, en tu regazo, ordené, y sostén sus muñecas.

Pero tan pronto como lo hizo la niña dejó escapar un grito. No, me estás lastimando. Suelta mis manos. Suéltalas te digo. Luego chilló terriblemente, histéricamente. ¡Ya! ¡Detente! ¡Me estás matando!

¿Cree que pueda aguantarlo, doctor? Dijo la madre.

Vete, dijo el esposo a su esposa. ¿Quieres que se muera de difteria?

Vamos, sosténgala, dije.

Entonces agarré la cabeza de la niña con la mano izquierda y traté de poner el abate lenguas entre sus dientes. Ella peleó, con los dientes apretados, desesperadamente. Pero ahora yo también me había puesto furioso- con una niña. Traté de controlarme pero no pude. Sé cómo exponer una garganta para una inspección. E hice lo mejor que pude. Cuando finalmente pude poner la espátula de madera tras los últimos dientes, justo en el punto de la cavidad bucal, abrió la boca por un instante pero antes de que pudiera ver algo la cerró, moliendo entre sus molares el abate lenguas que redujo a astillas antes de que pudiera sacarlo.

¿No te da pena? Gritó la madre. ¿No te da pena portarte así enfrente del doctor?

Tráigame una cuchara de mango suave, le dije a la madre. Vamos a continuar con esto. La boca de la niña estaba sangrando. Su lengua estaba cortada. Ella gritaba salvajemente y chillaba histéricamente. Tal vez debí haber desistido y haber regresado en una hora o más. Sin duda hubiera sido mejor. Pero he visto al menos dos niños que yacían muertos en la cama de la negligencia en tales casos, y sintiendo que debía tener un diagnóstico en ese preciso momento fui de nuevo. Lo peor fue yo también fui más allá de la razón. Pude haber desgarrado la boca de la niña en mi propia furia y haberlo disfrutado. Era un placer atacarla. Mi cara ardía de ello.

La maldita mocosita debía ser protegida contra su propia idiotez, se decía uno a sí mismo en esos momentos. Otros deben ser protegidos contra ella. Es una necesidad social. Y todas esas cosas son ciertas. Pero una furia ciega, un sentimiento adulto de vergüenza, anhelo de relajación muscular son los que mandan. Uno sigue hasta el final.

En el último asalto irracional dominé el cuello y las mandíbulas de la niña. Forcé la pesada cuchara de plata detrás de sus dientes y hacia su garganta hasta que se atragantó. Y ahí estaban –ambas amígdalas cubiertas de membrana. Ella había peleado valientemente para mantenerme lejos de conocer su secreto. Había estado escondiendo esa garganta irritada por tres días por lo menos y mintiéndole a sus padres con el fin de escapar de un resultado como este.

Ahora estaba verdaderamente furiosa. Había estado a la defensiva antes pero ahora atacaba. Trató de bajar el regazo de su padre y volar hacia mí mientras las lágrimas de la derrota cegaban sus ojos.


martes, 8 de abril de 2014

Andar de veintiséis a los cincuenta, Alejandro Ariceaga [Transcripción de la Antología "Camisa de 18 varas"]

Pero algo invierte las cosas, como es natural, y uno acaba, a los cuarentaitantos, persiguiendo a las nínfulas de veinte.

Para decirlo con precisión, me enamoré de una de veintiséis nueve semanas, dos días y algunas horas. Para decirlo de otro modo, se despertó un gato con rabia y me arañaba al mediodía, me arañaba en la tarde y al anochecer se iba a dormir abajo de mi almohada. Era yo ni más ni menos que el retrato de un alma que se volteó al revés, igual que se voltea un calcetín costura afuera.


Ella no era culpable de tener la clase de ojos que me dan cosquillas. 


A la semana y media ya no me iba gustando: la llevaba en la camisa todo el pinche día, en las arrugas del pantalón, en el reloj y en el páncreas.

Ella no fue culpable de regalarme una mirada y luego dos y luego un gesto que debe ser natural, como dar los buenos días o hablar de dinosaurios, pero que un demente como yo traduce como señal inequívoca de entrega. Y sólo estaba diciendo buenos días y hasta mañana. Lo juro y lo perjuro.


Y al cumplirse dos semanas yo tenía vértigos de impaciencia por sembrarle el hijo que nunca nacería, por mojarle el pecho con mi sudor helado, por llenarle las orejas de historias tontas y macabras

.
Antes del mes había renacido el joven que fui trepándose a las bardas y me puse a recordar que Julio Torri se lanzaba en bicicleta en pos de púberes canéforas (por lo menos lo platican) y me sentí de aquella especie en extinción.


A las ocho semanas ardía de fiebre. La buscaba en todas partes y a todas horas y lamentaba que nadie, ni las piedras, nos vieran caminar por esas calles, bajo los cables de luz, por los jardines. Qué sensación de estar perdiendo el tiempo.


Pero las aguas volvieron a su cauce. La realidad se impuso, como dicen, y ella lo dijo claro, paloma blanca de adiós: eso ya no se puede.


Qué risa y qué chulada, mi noble corazón apasionado.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Hacer de tripas corazón, el origen


La expresión hacer de tripas corazón se utiliza “(…) para decir que una persona se enfrenta a una situación desagradable, a algo que en realidad no le gusta hacer pero que por algún motivo, tiene que hacerlo. Se usa esta expresión cuando una persona tiene que hacer un esfuerzo para disimular el miedo, el desagrado o la incomodidad que algo le provoca y seguir actuando con normalidad.” (NewInSlowSpanish)

El origen de esta expresión es incierto, pero la mayoría de fuentes lo atribuyen, primeramente, a Quevedo, quien en Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio escribió: “Punto en boca. Callar como en misa. La sangre de los brazos. Hacer de tripas corazón. Orejas de mercader. Dar con la carga en tierra.” (Quevedo, 1600)

Posteriormente, fue Francisco de Paula Seijas Lozano y Patiño en 1626, comentarista de El cuento de cuentos, obra de Quevedo, quien se encargó de explicar lo que esta expresión significa.

“Hacer de tripas corazón. — Esforzarse en disimular el miedo ó sentimiento; frase figurativa é ingeniosa: al que le falta corazón para estar tranquilo, hágalo de las tripas, que ascienden á la cavidad del pecho cuando se retienen los suspiros.” (Patiño, 1626)


La expresión se popularizó y se asocia con el peso psicosomático de las emociones negativas, creencia que, de una forma u otra, está bastante cerca de lo que Patiño expuso aunque de una forma más poética.

Bibliografía


NewInSlowSpanish. (s.f.). New in slow spanish. Obtenido de Catalog of Spanish Expression Proverbs: http://www.newsinslowspanish.com/catalog/spanish-expressions-proverbs/200/hacer-de-tripas-corazon.html

Patiño, F. d. (1626). Notas y comentarios. En F. d. Quevedo, El cuento de cuentos.

Quevedo, F. d. (1600). Premática de este año 1600 que se ordenó. En F. d. Quevedo, Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio.


Achichincle, el origen

La palabra achichincle, según el diccionario de la Real Academia Española, significa “hombre que de ordinario acompaña a un superior y sigue sus órdenes”.

Proveniente del náhuatl chichinqui (que chupa) y atl (tierra), significa “el que chupa el agua”, es decir que se refería al obrero que sacaba el agua de los manantiales subterráneos de las minas (Valentín, 2014).

Otra raíces etimológicas que posibilitaron la existencia de esta palabra son achichiactli, que significa “manantial de aguas o fuentes”; de achichicantlanauatia, forma de denominar a los patrones de los obreros que realizaban la tarea de sacar el agua de los manantiales; probablemente también de aaci-xinqui: aaci, una frase en la que la palabra náhuatl xinqui es una forma sustantiva de la palabra xima (afeitarse o raparse con navaja). Pero hasta aquí la pregunta sería cuál es la relación entre xima y el significado actual de achichincle, pues se debe a la época de la colonia, cuando surge el oficio del barbero; entonces podría traducirse a aquel que hace la barba y obtiene por ello un beneficio. (Pérez, 2013) Y de achichinequiztli, que significa “llorón, que llora a menudo”, esto enlazado con el significado peyorativo que cobró la palabra durante la colonia.

El significado actual de achichincle es “(…) ‘adulador, carantoñero del gobierno, de la autoridad o de alguna persona de posición elevada’ (…)”. (Alba, 2014)




Bibliografía

Alba, J. G. (19 de Marzo de 2014). Fondo de Cultura Económica. Obtenido de Minucias del lenguaje: https://www.fondodeculturaeconomica.com/obras/suma/r3/buscar.asp?word2=de%20achichincles,%20chalanes%20y%20canchanchanes
Pérez, F. (11 de Febrero de 2013). Origen de la Palabra ACHICHINCLE - BARBERO. Obtenido de Delicias de la comida prehispánica: http://deliciasprehispanicas.blogspot.mx/2013/02/origen-de-la-palabra-achichincle.html
Valentín. (19 de Marzo de 2014). ACHICHINCLE. Obtenido de De Chile: http://etimologias.dechile.net/?achichincle



lunes, 17 de marzo de 2014

LA HISTORIA DEL INSTANTISMO: SIMULACRO DE UN MANIFIESTO VANGUARDISTA


Ya nadie puede ser vejado ni aprehendido.
Todos se niegan a combatir.
En los más apartados rincones de la tierra,
resuena el estrépito de los últimos descontentos.

Juan José Arreola


El instantismo es una vanguardia que viene gestándose desde los congresos literarios en los que los estudiantes no quieren escuchar ponencias sino conocer geografías diferentes y beber alcoholes regionales, viene desde Anáhuac, desde las mujeres en Twitter que se sienten La Maga, desde el ensayo crítico número cinco mil sobre Borges, desde las citas virales de Paulo Cohelo en Facebook.

El instantismo es un feto moribundo esperando vivir. Los doctores (en literatura) lo conectan a máquinas con el logo del Seguro Social mexicano y se van al pasillo a conversar sobre la nueva enfermera de Geriatría. El instantismo puede vivir si las señoras embarazadas (de ideas) notan su frágil existencia y lo acogen como si fuera propio. Si las señoras –y los señores- asumen la crueldad de la situación, los doctores se verán amenazados –una bomba a punto de estallar- y girarán la cabeza de vez en cuando para revisar los signos vitales de la vanguardia recién nacida.

Los hermanos mayores –muy mayores- del instantismo resultaron ser promesas tambaleantes pero atractivas. El futurismo se sobreexcitó con las máquinas corriendo a 20 kilómetros por hora y quiso hacer un edipazo: matar lo que lo llevó a nacer; se rasgó las vestiduras y planeó quemar la casa de los abuelos.

El surrealismo, ya sabiendo las fallas de su hermano anterior, fue a México y se llenó los bolsillos de peyote; el resultado fue una actitud de yonki artístico. Nadie lo culpa, su actitud fue contagiosa. De ese contagio llegó el hermano ecuménico Dadaísmo, también hippie pero con giros filosóficos, con más atracción por la vida relajada.

El creacionismo nació ángel, probó que podía ser gente importante pero se apagó demasiado pronto; murió Narciso –por su belleza-, todavía está dibujado en las constelaciones cuando hay noches de tormenta. El estridentismo, tan perdido que decidió pararse bajo las alas de su hermano mayor, nació vomitando smog con una acta de nacimiento que lo declaraba ciudadano del mundo con residencia –casi- fija en Estridentópolis. Acostumbraba escupirle al presidente y orinar las puertas de las catedrales por una módica cantidad monetaria que le permitía tener qué orinar cada noche. Nació el antropofagismo con un carácter festivo, abrazando a sus hermanos y a todo hombre con suficiente carne en los brazos para comerla mientras dormían.

Claro, hay por lo menos un centenar más de hermanos bastardos y más o menos ancianos del instantismo. El instantismo no conoce la fraternidad de un compañero consanguíneo de juegos, no tiene alguien que le hable del sexo ni de la vida pero sabe, quizá inconscientemente, que no puede ser como ninguno de sus hermanos –especialmente como el estridentismo, él sólo era chistoso cuando no estaba tan borracho, nadie quiere ser como el estridentismo-.

El instantismo nació Frankenstein de sus hermanos mayores: tomó del futurismo su ansia por la velocidad de la vida, el instantismo sabe que va a morir muy joven, sabe que nació prácticamente muerto. Del surrealismo tomó la libertad de la locura, el instantismo se volvió loco al salir del hospital y encontrar un mundo en el que la realidad parece más extraña que cualquier pintura de Dalí. Del dadaísmo tomó el sentido ácido de la vida, el azar de las decisiones; para el instantismo la vida se basa en efectos de ruleta rusa.

Al creacionismo se le tiene mucho afecto, el instantismo vive relegado bajo su sombra eternizada por su muerte prematura, desea llegar a ser como él pero nunca podría serlo.
Del estridentismo, tomó su embriaguez y su juventud pero él se embriaga de nada, nada hasta que se marea y vomita. La única juventud que conoce es su fecha aproximada de muerte. Del antropofagismo rescató esa costumbre de nutrirse de la carne ajena, pero en él es una manía, eso es prácticamente lo que hace todos los días.

El instantismo salió del hospital para encontrarse con que nunca hemos consumido vino de plátano[1], que los grupos de intelectuales a la violeta se pasean con gafas de pasta pregonando juicios a favor de Murakami pero nunca han escuchado hablar de Joaquím Machado de Assis. Hablan del indigenismo pero de pies a cabeza traen productos gringos.

El instantismo se fue a pasear, a ver si se le pasaba el asco. Entró a una librería del centro y encontró el dolor del narco convertido en best-seller, la miseria de las poblaciones periféricas pregonadas desde un penthouse de la Condesa. Y en la sección de novedades, una oda al morbo por el sufrimiento humano.

Esa gente con libros sobaqueros conocía lo enfermo del mundo y continuaba recorriendo el punto final de los libros sin querer cambiar al mundo.

Curiosamente, un escritor estaba sentado afuera de la librería. Sucio y grosero,  pero con su flamante traje gris y recién rasurado, de piernas cruzadas, vomitando su próximo libro, sosteniendo un cartel que rezaba “Autografío libros por un poquito de reconocimiento”. Y frente a él una estampida de estudiantes extranjeros con el celular listo para publicar la foto con el escritor en Facebook y presumir su intelectualidad.

Al instantismo, tan chiquito como era, le quitaron las ganas de vivir.

Así, pasó días y días acostado sobre el estante de literatura latinoamericana de una biblioteca universitaria –sabía que allí nadie lo iba a molestar y, efectivamente así fue, a excepción de algunos fans de Cortázar y Borges, a caso alguno de Clarice Lispector-, y siguió sin querer vivir. Se volvió un muchacho delgadísimo y enfermo de libros –o de alergia al polvo, es casi lo mismo-.

El instantismo perdió todo.

Sólo creía en la muerte y, de vez en cuando, en que su valor como persona era cuantificable por las cosas que poseía. Perdió la esperanza al ver a sus hermanos muertos. Y gritó, arañó las paredes de la biblioteca, pero no lloró. El instantismo cree en tan pocas cosas que nunca llora, para qué llorar.

El instantismo sufrió una crisis nerviosa, lo sabemos porque fue encontrado en la sección de tesis en la hemeroteca, ya muerto. Varios signos de descomposición fueron descubiertos en la autopsia, la versión no oficial dice que la primera persona que vio el cuerpo quedo absorto en lo que el instantismo había escrito ya agonizante, con su sangre, sobre las paredes.

La foto de esos muros se filtró a la red, he aquí una transcripción de lo que se puede ver en la imagen:

“Yo soy quien soy y no busco nada.
Sueño con los ojos abiertos porque a la noche mi pesadilla peor es seguir en vigilia, en este mundo insatisfecho y cruento.

Soy quien soy no creo en nada.
El neoliberalismo sostiene la oz bajo mi cuello. Estoy condenado a servir a un rey marioneta democrática. El internet es mi positivismo, sin él no soy nada. Y por él soy nada. El internet es el trono de los absurdos, es la mejor herramienta con el peor uso.

Soy quien soy y no significo nada.
Me usan a conveniencia y me niegan al tercer día. Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo. Mi único flotador vive escondido en la frontera entre Norteamérica y México, sueño con estar dentro del canon después de mi muerte.

Soy quien soy y pertenezco a ningún lado.
Vivo aquí pero nadie me conoce. No tengo rostro y mi boca no tiene saliva. No me aceptan en Europa ni en América ni en el espacio. En la academia soy un sapo. En el vulgo me tachan de ya haber existido. El arte me diagnostica como posmoderno aunque nunca tuve un expediente en su archivo.

Soy quien soy y no he hecho nada.
Mi existencia se resume a cuatro años en Facebook y catorce mil frases en Twitter, conozco la desesperación a grandes rasgos y nada me impide caer en ella. Leo fragmentos de los muertos –los más recientes Pacheco y Gelman-, nunca he leído El Quijote y la lucha social me da hueva.

Soy quien soy y sólo valgo por este instante que vivo, soy una noción contextual, un grito sensible que desaparecerá de los titulares. Soy la olla exprés chillando por la indiferencia de estos tiempos, por ese vivir agachando la cabeza. Soy la bolsa para el sándwich que se llena de hongos para protestar contra su hermetismo.

Soy Heriberto Yépez sin los huevos en la garganta, sin el juego infantil del extremismo argumentado. Yo sé que entre el uno y el cero existe más que la nada. Sé del hartazgo de la literatura mexicana. Sé que Comala no es el único poblado con gente muerta, también están las provincias y los libros de los nuevos escritores mexicanos. Generalizo y soy Heriberto Yépez, soy ese cáncer extendido por el futurismo, el estridentismo y la Ciudad de México y las favelas.

Soy quien soy y ojalá pudiera ser la Alejandra Pizarnik de juicios cafeínicos, aquella que con un verso te hería la más fuerte las certezas. Ojalá no reparara en explicaciones apologéticas sobre mi rostro sin boca y expresara el asco, el miedo, la soledad, lo gris que repta por los pulmones.

Hoy me voy porque nací muerto. Nací en la época de la gente sin voz, de los autores sin saliva. Nací para morir porque aquí no hay vida, hay dolor compartido y alegrías solitarias. Soy el instantismo que dejó de ser existir porque cada momento es tan inmensamente corto que no nos alcanza para levantarnos y hacer algo. Porque entre Rusia y Norteamérica no nos quedas muchos años y los estamos viviendo sentados, alimentados con el líquido de una batería.

Me voy porque nací muerto, hijo del Arte y el Contexto, de los 85 años de dictadura. Soy todos los desperdicios que le sobran a cada época de la humanidad en pos del adelanto tecnológico.

Voy porque nací muerto, porque cada soplo de pensamiento me regala un momento más de vida, porque vivir es fácil si nunca abres los ojos, si sigues creyendo que el mundo empieza y termina en el bien y el mal.

Porque nací muerto, sapo. Mis padres no me conocen, me dejaron abandonado, nunca conocí el seno de mi madre. Soy el peor experimento que se hizo.

Nací muerto, mi lengua no conoce el vino de plátano, mis ojos nunca recorrieron el valle de Anáhuac. Pienso, pero no sé explicarlo, para eso está Samuel Ramos. Mi identidad cabe en una botella plástica de 600 mililitros, nunca he reparado en lo que dice el himno.  Sueño con el apocalipsis, quizá la única cura para la enfermedad de vivir en esta época.

Muerto.
Muerto.”





[1] Se hace referencia a un fragmento del ensayo Nuestra América, escrito por José Martí: “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”

domingo, 9 de febrero de 2014

Identidad y lenguaje: una reflexión por escalas


Por esto es pertinente marcar algunas diferencias fundamentales: el lenguaje es el factor determinante en la diferenciación del ser humano. Es decir, el lenguaje es tomado como una facultad humana –según el autor- de expresión. Es así que la facultad del lenguaje será un rasgo de identidad humana –a gran escala- como la lengua –a mediana escala- resulta ser una suerte de identidad para los conjuntos culturales.

Definitivamente el factor más importante para lograr dominar a un pueblo es a través de la religión –quién más apto para probar esto que los pueblos centro y sudamericanos-, pero el lenguaje tiene una relevancia bastante parecida a ella.

La lengua es un sistema particular de signos y relaciones lingüísticas a través del cual se materializa la facultad del lenguaje. El español y el inglés entran dentro de la categoría de lengua, el inglés y el español son determinantes de identidad de pueblos enteros, como es el caso de Latinoamérica –o, en palabras del autor, Hispanoamérica e, incluso, Iberoamérica-. A pesar de las diferencias obvias y no tan obvias entre las manifestaciones lingüísticas de los países hispanohablantes, el español es un factor que facilita el intercambio comunicativo entre ellos.

Así como se han explicado las gradientes de mayor y mediana escala que funcionan como refuerzo de identidad colectiva, toca el turno de hablar del dialecto, que ocupa la escala menor.

El dialecto comúnmente es considerado una vertiente imperfecta de un idioma cuando, ya lo decía Gonzalo Correas, se habla de variaciones propias de un territorio geográfico, una generación, un estrato sociocultural, un género sexual, cierto urbanismo o estilo, se habla, efectivamente, de dialectos.

Desde el dialecto específico de tal o cual grupo, pasando por la lengua que encierra toda una historia colonial, llegando hasta el divino hecho de poder tener un lenguaje articulado, la identidad se va formando, además de la religión, a través de un sistema de comunicación.


martes, 21 de enero de 2014

¿Honestidad en los exámenes?

Yo creo que la honestidad está sobrevalorada. 
Copies o no copies en un examen, cuando salgas de la escuela y dejes de hacer exámenes, te enfrentas a un mundo plagado de corrupción. Y sé que ese no es un argumento válido para copiar –además de que el orgullo también pesa: nadie se quiere sentir un tonto que necesita copiar-, pero es que tampoco me parece válido que estudiemos y memoricemos datos y definiciones que al final del día olvidemos (lo que viene en los exámenes es demasiado como para aprehender todo con un aprendizaje realmente significativo que deje marca en nosotros).

Creo que es importante ser honesto en los exámenes para mantener una buena opinión de nosotros mismos. Si se copia, que sea por antojo y no por necesidad, que sea por sentirnos un poquito rebeldes y no por miedo a reprobar la materia.

Por otro lado, me parece que también debería pensarse una manera de construir exámenes para que contestarlos signifique disfrute. Por ejemplo, los exámenes caseros en los que tengo que ejemplificar cosas me gustan porque es una excusa para releer mis libros favoritos; o los exámenes en los que la información debe ser aplicada, como si se tratara de una práctica del mundo laboral.


Yo creo que la honestidad está sobrevalorada y he copiado en muchos exámenes y un par de veces he tenido que pagar las consecuencias. No por eso me siento menos inteligente o preparada, sólo han sido pequeñas facilidades para sortear materias aburridas o evitar memorizar información que no me interesa.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Amor tauromáquico


Las dos de la mañana. El frío te despierta tictaqueando, caen castañas que castigan el canto calmo[1] de tu pecho que susurra, soñando mientras asciende y desciende, respiración suave, pensamientos sublimes[2].

Te sientas en la cama y Lucía amor tauromáquico lo primero que viene a tu mente. No te preocupas por ella, pero recorres las curvas que nunca has visto debajo de su blusa azul. Le lames los senos con las glándulas endocrinas erizadas. Luego decides la poesía, bailas con hilo y aguja entre los versos dispersos entre Lucía y la hora del trabajo.

Lucilina, la guerra con nombre de ninfa griega… Sombra del gran maestro, ¿qué montaña de oro pronunciará Lucini[3], el pintor de los cielos renacientes?.. Nunca recuerdas exactamente el nombre de ese compañero de Da Vinci, pero te enternece hasta la miédula[4] que él, como tú, haya tenido la mala suerte de nacer en la misma época que otro grande.

Pestañeas alejando los versos, la imagen de Hemingway, viejo cascarrabias y sobrevaluado, entra al café y nadie te escucha más. Hemingway, viejo sincero héroe de guerra, escribe algo terrible y ahógate con tus éxitos pasados.

La escuchas venir, cierras los ojos y te sientes más cansado que cuando te acostaste a dormir. Ora[5] se acerca, silenciosa. Llega y lo encuentra desnudo, con cara de estrañamiento[6]. La hora llega y no queda más que meterse bajo la regadera tomar brevemente el café vestirse maquinalmente llegar al trabajo.

Catas el escritorio como café caliente, cargas cajas [7]de papeles, toses endiabladamente, un cigarro más o un cigarro menos no hace la diferencia, pensaste ayer justo antes de fumarte la cajetilla completa.
Algún carajo editor llega a entragarte[8] los nombres y las fechas de muerte para los obituarios, los mensajes de la familia. Cada descanse en paz te hiela verticalmente la garganta, como si hubieras tragado una piedra. Y toses, te duele un costado. Un Adán que sueña en el paraíso, pero siempre despierta con las costillas intactas.

Rostros anónimos desfilan mientras lees sus nombres. De pronto un vértigo. Lucía Lara, muerta la madrugada de ayer, descanse en paz. Y mil alfileres espadas banderillas clavadas en el estómago. Lucía, Lucía, ven. Lucía amor tauromáquico y el editor, su esposo, te mira caer en seco contra el suelo, un bisturí atravesando tus costillas. 

Adiós, adiós para siempre, amor tauromáquico.





[1] Aliteración onomatopéyica, su propósito es imitar el sonido de los dientes que castañean por el frío.
[2] Aliteración onomatopéyica, su propósito es imitar el susurro suave de la respiración de alguien dormido.
[3] Epéntesis, se añade “c” para que su sonido se parezca al nombre Lucía en un afán de recalcar la presencia de ella en todos los pensamientos.
[4] Epéntesis, se añade “i” para que la palabra evoque también miedo.
[5] Aféresis, usada para sugerir que se alude la palabra “ahora”, cuando, en realidad, se trata de “hora”
[6] Metátesis, que propone una doble opción: extrañamiento o estreñimiento.
[7] Parómeon y aliteración onomatopéyica, imitan el sonido de la tos seca.
[8] Antitescon: Se cambia la segunda vocal de “entregarte”, para sugerir que lo que se entrega, atraganta al sujeto.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Tautograma/anuncio




Alquilo alas.


Amigos, aquí aparezco anunciando alas.

Azules, amarillas y ámbar, alas aerodinámicas. 

Aleteen hacia alegrías altivas, alquilando alas. 

Adaptables a adultos, arrapiezos, animales, abogados, aviones. 

Anímese, agrónomo atareado, arquitecto adormilado, artista afligido, a adquirir alucinantes alas. 




Tautograma: palabra de origen griego (to autó= lo mismo y gramma= escrito, letra) con la que se conoce a aquellas composiciónes, poemas o versos, en las que todas las palabras empiezan por la misma letra.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Defendiendo a un homicida con desequilibrio mental


Defendiendo a un homicida con desequilibrio mental

No existe el pecado y no existe la virtud.
Sólo hay lo que la gente hace. Todo es parte de lo mismo.
Algunas cosas que los hombres hacen son bonitas y otras no,
y eso es todo lo que un hombre tiene derecho a decir.
John Steinbeck

El mal toma muchas formas, entre las más perversas está la privación de la vida pero ésta no se acerca ni un poco a la perversión de juzgar a un pobre hombre enfermo de la mente, culpable de sus actos.

Si bien, es cierto que nadie está completamente cuerdo, existe un parámetro para medir la cercanía del sujeto con la locura y esta es la aprehensión y vivencia dentro de la realidad que el colectivo social califica como normal. Cuando un hombre que está dentro de los límites de lo normal ha asesinado a un igual, deberá ser sometido al proceso judicial que dicte la más grande convención social: el Estado. Pero cuando el acusado tiene una relación con la realidad que no puede encasillarse dentro los límites de la normalidad, debe ser tratado acorde a ella.

Tratar al hombre mentalmente enfermo igual que al resto de los hombres podría equipararse con pedirle a un perro que sea partícipe de un juego de ajedrez contra un humano; simplemente no tendría sentido puesto que las capacidades mentales de los dos seres son bastante disparejas. El enfermo, en todo caso, merece algún mérito por apegarse lo más posible a las normas sociales a pesar de aprehender la realidad de una forma diferente a como la gente de sociedad la ve.

Es legítimo juzgar al hombre de acuerdo a su relación con lo que se ha convenido socialmente como realidad, por lo que juzgar a un enfermo bajo las leyes de los cuerdos sería una contradicción moral incluso contra el principio de igualdad que reina en el Estado.

Sentenciar que un hombre mental y socialmente deshabilitado actúa mal según lo estipulado por las convenciones generales salta a la vista por su carácter, primero obvio, puesto que, naturalmente, no acatará las normas de un colectivo al que no cree pertenecer; segundo, injusto, puesto que su vida marginal no permite clasificarlo dentro de un parámetro medible por las actitudes de la gente normal.


Y no pretendo convencer sobre la inocencia total del enfermo, sino posicionarlo en un plano más razonable y acorde a su condición de desbalance mental.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Estudiar Letras, una verdad aplastante


 
ESTUDIAR LETRAS: UNA VERDAD APLASTANTE

El trabajo dignifica al hombre tanto como lo hace el estudio. Aquel hombre que direccione su vida hacia la felicidad ha decidido el camino del estudio y, por tanto, el de la sabiduría.

Ahora bien, si nos situamos en el contexto que nos concierne podremos percibir que, aunque todo estudio dignifica, hay ciertos estudios que valen la pena a medias. Por ejemplo, los estudios universitarios sobre Letras.

Es necesaria la contextualización para entender el siguiente silogismo:
Todo individuo es un engranaje en el sistema económico, por lo que debe producir.
El estudiante de Letras es un individuo.
.:. El estudiante de Letras debe producir.

Desde el modernismo literario –inaugurado por la Revolución industrial-, se ha notado que el arte no cabe dentro del nuevo sistema económico, pues ni el arte ni los estudios sobre ella tienen una función económica. El arte se ha vuelto un capricho de ricos, eso explica que un libro cueste más que una botella de mezcal. Además, el campo de trabajo de un literato suele ser la enseñanza: uno de los diez trabajos peor pagados en México.

Más allá del dinero que, finalmente, es una superficialidad, está el problema general de la enseñanza del arte, explicado en el siguiente silogismo:
El arte no es académico.
Las universidades son académicas.
.:.El arte no puede ser enseñado en la universidad.

Por mucho que en la universidad te manden a leer y a hacer ensayos y a aprehender teoría, el artista es o no es. Si no lo es, no hay nada que la academia pueda hacer, eso sí, puede ampliar el bagaje literario y formar lectores más analíticos.; pero si es artista, la universidad lo llena de dudas sobre el valor de su arte, los aspectos formales y un largo etcétera.

En conclusión, aquel que estudia artes se enfrenta a una verdad inexorable: nunca será un engranaje totalmente adaptado a la maquinaria neoliberal, tendrá que conformarse con trabajos mal pagados y una teorización completa del arte.


Y si ya estudias Letras, recuerda que nunca es tarde para desertar y corregir tu camino.

Firmado por: Una estudiante de quinto semestre de Letras Latinoamericanas.