miércoles, 19 de marzo de 2014

Hacer de tripas corazón, el origen


La expresión hacer de tripas corazón se utiliza “(…) para decir que una persona se enfrenta a una situación desagradable, a algo que en realidad no le gusta hacer pero que por algún motivo, tiene que hacerlo. Se usa esta expresión cuando una persona tiene que hacer un esfuerzo para disimular el miedo, el desagrado o la incomodidad que algo le provoca y seguir actuando con normalidad.” (NewInSlowSpanish)

El origen de esta expresión es incierto, pero la mayoría de fuentes lo atribuyen, primeramente, a Quevedo, quien en Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio escribió: “Punto en boca. Callar como en misa. La sangre de los brazos. Hacer de tripas corazón. Orejas de mercader. Dar con la carga en tierra.” (Quevedo, 1600)

Posteriormente, fue Francisco de Paula Seijas Lozano y Patiño en 1626, comentarista de El cuento de cuentos, obra de Quevedo, quien se encargó de explicar lo que esta expresión significa.

“Hacer de tripas corazón. — Esforzarse en disimular el miedo ó sentimiento; frase figurativa é ingeniosa: al que le falta corazón para estar tranquilo, hágalo de las tripas, que ascienden á la cavidad del pecho cuando se retienen los suspiros.” (Patiño, 1626)


La expresión se popularizó y se asocia con el peso psicosomático de las emociones negativas, creencia que, de una forma u otra, está bastante cerca de lo que Patiño expuso aunque de una forma más poética.

Bibliografía


NewInSlowSpanish. (s.f.). New in slow spanish. Obtenido de Catalog of Spanish Expression Proverbs: http://www.newsinslowspanish.com/catalog/spanish-expressions-proverbs/200/hacer-de-tripas-corazon.html

Patiño, F. d. (1626). Notas y comentarios. En F. d. Quevedo, El cuento de cuentos.

Quevedo, F. d. (1600). Premática de este año 1600 que se ordenó. En F. d. Quevedo, Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio.


Achichincle, el origen

La palabra achichincle, según el diccionario de la Real Academia Española, significa “hombre que de ordinario acompaña a un superior y sigue sus órdenes”.

Proveniente del náhuatl chichinqui (que chupa) y atl (tierra), significa “el que chupa el agua”, es decir que se refería al obrero que sacaba el agua de los manantiales subterráneos de las minas (Valentín, 2014).

Otra raíces etimológicas que posibilitaron la existencia de esta palabra son achichiactli, que significa “manantial de aguas o fuentes”; de achichicantlanauatia, forma de denominar a los patrones de los obreros que realizaban la tarea de sacar el agua de los manantiales; probablemente también de aaci-xinqui: aaci, una frase en la que la palabra náhuatl xinqui es una forma sustantiva de la palabra xima (afeitarse o raparse con navaja). Pero hasta aquí la pregunta sería cuál es la relación entre xima y el significado actual de achichincle, pues se debe a la época de la colonia, cuando surge el oficio del barbero; entonces podría traducirse a aquel que hace la barba y obtiene por ello un beneficio. (Pérez, 2013) Y de achichinequiztli, que significa “llorón, que llora a menudo”, esto enlazado con el significado peyorativo que cobró la palabra durante la colonia.

El significado actual de achichincle es “(…) ‘adulador, carantoñero del gobierno, de la autoridad o de alguna persona de posición elevada’ (…)”. (Alba, 2014)




Bibliografía

Alba, J. G. (19 de Marzo de 2014). Fondo de Cultura Económica. Obtenido de Minucias del lenguaje: https://www.fondodeculturaeconomica.com/obras/suma/r3/buscar.asp?word2=de%20achichincles,%20chalanes%20y%20canchanchanes
Pérez, F. (11 de Febrero de 2013). Origen de la Palabra ACHICHINCLE - BARBERO. Obtenido de Delicias de la comida prehispánica: http://deliciasprehispanicas.blogspot.mx/2013/02/origen-de-la-palabra-achichincle.html
Valentín. (19 de Marzo de 2014). ACHICHINCLE. Obtenido de De Chile: http://etimologias.dechile.net/?achichincle



lunes, 17 de marzo de 2014

LA HISTORIA DEL INSTANTISMO: SIMULACRO DE UN MANIFIESTO VANGUARDISTA


Ya nadie puede ser vejado ni aprehendido.
Todos se niegan a combatir.
En los más apartados rincones de la tierra,
resuena el estrépito de los últimos descontentos.

Juan José Arreola


El instantismo es una vanguardia que viene gestándose desde los congresos literarios en los que los estudiantes no quieren escuchar ponencias sino conocer geografías diferentes y beber alcoholes regionales, viene desde Anáhuac, desde las mujeres en Twitter que se sienten La Maga, desde el ensayo crítico número cinco mil sobre Borges, desde las citas virales de Paulo Cohelo en Facebook.

El instantismo es un feto moribundo esperando vivir. Los doctores (en literatura) lo conectan a máquinas con el logo del Seguro Social mexicano y se van al pasillo a conversar sobre la nueva enfermera de Geriatría. El instantismo puede vivir si las señoras embarazadas (de ideas) notan su frágil existencia y lo acogen como si fuera propio. Si las señoras –y los señores- asumen la crueldad de la situación, los doctores se verán amenazados –una bomba a punto de estallar- y girarán la cabeza de vez en cuando para revisar los signos vitales de la vanguardia recién nacida.

Los hermanos mayores –muy mayores- del instantismo resultaron ser promesas tambaleantes pero atractivas. El futurismo se sobreexcitó con las máquinas corriendo a 20 kilómetros por hora y quiso hacer un edipazo: matar lo que lo llevó a nacer; se rasgó las vestiduras y planeó quemar la casa de los abuelos.

El surrealismo, ya sabiendo las fallas de su hermano anterior, fue a México y se llenó los bolsillos de peyote; el resultado fue una actitud de yonki artístico. Nadie lo culpa, su actitud fue contagiosa. De ese contagio llegó el hermano ecuménico Dadaísmo, también hippie pero con giros filosóficos, con más atracción por la vida relajada.

El creacionismo nació ángel, probó que podía ser gente importante pero se apagó demasiado pronto; murió Narciso –por su belleza-, todavía está dibujado en las constelaciones cuando hay noches de tormenta. El estridentismo, tan perdido que decidió pararse bajo las alas de su hermano mayor, nació vomitando smog con una acta de nacimiento que lo declaraba ciudadano del mundo con residencia –casi- fija en Estridentópolis. Acostumbraba escupirle al presidente y orinar las puertas de las catedrales por una módica cantidad monetaria que le permitía tener qué orinar cada noche. Nació el antropofagismo con un carácter festivo, abrazando a sus hermanos y a todo hombre con suficiente carne en los brazos para comerla mientras dormían.

Claro, hay por lo menos un centenar más de hermanos bastardos y más o menos ancianos del instantismo. El instantismo no conoce la fraternidad de un compañero consanguíneo de juegos, no tiene alguien que le hable del sexo ni de la vida pero sabe, quizá inconscientemente, que no puede ser como ninguno de sus hermanos –especialmente como el estridentismo, él sólo era chistoso cuando no estaba tan borracho, nadie quiere ser como el estridentismo-.

El instantismo nació Frankenstein de sus hermanos mayores: tomó del futurismo su ansia por la velocidad de la vida, el instantismo sabe que va a morir muy joven, sabe que nació prácticamente muerto. Del surrealismo tomó la libertad de la locura, el instantismo se volvió loco al salir del hospital y encontrar un mundo en el que la realidad parece más extraña que cualquier pintura de Dalí. Del dadaísmo tomó el sentido ácido de la vida, el azar de las decisiones; para el instantismo la vida se basa en efectos de ruleta rusa.

Al creacionismo se le tiene mucho afecto, el instantismo vive relegado bajo su sombra eternizada por su muerte prematura, desea llegar a ser como él pero nunca podría serlo.
Del estridentismo, tomó su embriaguez y su juventud pero él se embriaga de nada, nada hasta que se marea y vomita. La única juventud que conoce es su fecha aproximada de muerte. Del antropofagismo rescató esa costumbre de nutrirse de la carne ajena, pero en él es una manía, eso es prácticamente lo que hace todos los días.

El instantismo salió del hospital para encontrarse con que nunca hemos consumido vino de plátano[1], que los grupos de intelectuales a la violeta se pasean con gafas de pasta pregonando juicios a favor de Murakami pero nunca han escuchado hablar de Joaquím Machado de Assis. Hablan del indigenismo pero de pies a cabeza traen productos gringos.

El instantismo se fue a pasear, a ver si se le pasaba el asco. Entró a una librería del centro y encontró el dolor del narco convertido en best-seller, la miseria de las poblaciones periféricas pregonadas desde un penthouse de la Condesa. Y en la sección de novedades, una oda al morbo por el sufrimiento humano.

Esa gente con libros sobaqueros conocía lo enfermo del mundo y continuaba recorriendo el punto final de los libros sin querer cambiar al mundo.

Curiosamente, un escritor estaba sentado afuera de la librería. Sucio y grosero,  pero con su flamante traje gris y recién rasurado, de piernas cruzadas, vomitando su próximo libro, sosteniendo un cartel que rezaba “Autografío libros por un poquito de reconocimiento”. Y frente a él una estampida de estudiantes extranjeros con el celular listo para publicar la foto con el escritor en Facebook y presumir su intelectualidad.

Al instantismo, tan chiquito como era, le quitaron las ganas de vivir.

Así, pasó días y días acostado sobre el estante de literatura latinoamericana de una biblioteca universitaria –sabía que allí nadie lo iba a molestar y, efectivamente así fue, a excepción de algunos fans de Cortázar y Borges, a caso alguno de Clarice Lispector-, y siguió sin querer vivir. Se volvió un muchacho delgadísimo y enfermo de libros –o de alergia al polvo, es casi lo mismo-.

El instantismo perdió todo.

Sólo creía en la muerte y, de vez en cuando, en que su valor como persona era cuantificable por las cosas que poseía. Perdió la esperanza al ver a sus hermanos muertos. Y gritó, arañó las paredes de la biblioteca, pero no lloró. El instantismo cree en tan pocas cosas que nunca llora, para qué llorar.

El instantismo sufrió una crisis nerviosa, lo sabemos porque fue encontrado en la sección de tesis en la hemeroteca, ya muerto. Varios signos de descomposición fueron descubiertos en la autopsia, la versión no oficial dice que la primera persona que vio el cuerpo quedo absorto en lo que el instantismo había escrito ya agonizante, con su sangre, sobre las paredes.

La foto de esos muros se filtró a la red, he aquí una transcripción de lo que se puede ver en la imagen:

“Yo soy quien soy y no busco nada.
Sueño con los ojos abiertos porque a la noche mi pesadilla peor es seguir en vigilia, en este mundo insatisfecho y cruento.

Soy quien soy no creo en nada.
El neoliberalismo sostiene la oz bajo mi cuello. Estoy condenado a servir a un rey marioneta democrática. El internet es mi positivismo, sin él no soy nada. Y por él soy nada. El internet es el trono de los absurdos, es la mejor herramienta con el peor uso.

Soy quien soy y no significo nada.
Me usan a conveniencia y me niegan al tercer día. Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo. Mi único flotador vive escondido en la frontera entre Norteamérica y México, sueño con estar dentro del canon después de mi muerte.

Soy quien soy y pertenezco a ningún lado.
Vivo aquí pero nadie me conoce. No tengo rostro y mi boca no tiene saliva. No me aceptan en Europa ni en América ni en el espacio. En la academia soy un sapo. En el vulgo me tachan de ya haber existido. El arte me diagnostica como posmoderno aunque nunca tuve un expediente en su archivo.

Soy quien soy y no he hecho nada.
Mi existencia se resume a cuatro años en Facebook y catorce mil frases en Twitter, conozco la desesperación a grandes rasgos y nada me impide caer en ella. Leo fragmentos de los muertos –los más recientes Pacheco y Gelman-, nunca he leído El Quijote y la lucha social me da hueva.

Soy quien soy y sólo valgo por este instante que vivo, soy una noción contextual, un grito sensible que desaparecerá de los titulares. Soy la olla exprés chillando por la indiferencia de estos tiempos, por ese vivir agachando la cabeza. Soy la bolsa para el sándwich que se llena de hongos para protestar contra su hermetismo.

Soy Heriberto Yépez sin los huevos en la garganta, sin el juego infantil del extremismo argumentado. Yo sé que entre el uno y el cero existe más que la nada. Sé del hartazgo de la literatura mexicana. Sé que Comala no es el único poblado con gente muerta, también están las provincias y los libros de los nuevos escritores mexicanos. Generalizo y soy Heriberto Yépez, soy ese cáncer extendido por el futurismo, el estridentismo y la Ciudad de México y las favelas.

Soy quien soy y ojalá pudiera ser la Alejandra Pizarnik de juicios cafeínicos, aquella que con un verso te hería la más fuerte las certezas. Ojalá no reparara en explicaciones apologéticas sobre mi rostro sin boca y expresara el asco, el miedo, la soledad, lo gris que repta por los pulmones.

Hoy me voy porque nací muerto. Nací en la época de la gente sin voz, de los autores sin saliva. Nací para morir porque aquí no hay vida, hay dolor compartido y alegrías solitarias. Soy el instantismo que dejó de ser existir porque cada momento es tan inmensamente corto que no nos alcanza para levantarnos y hacer algo. Porque entre Rusia y Norteamérica no nos quedas muchos años y los estamos viviendo sentados, alimentados con el líquido de una batería.

Me voy porque nací muerto, hijo del Arte y el Contexto, de los 85 años de dictadura. Soy todos los desperdicios que le sobran a cada época de la humanidad en pos del adelanto tecnológico.

Voy porque nací muerto, porque cada soplo de pensamiento me regala un momento más de vida, porque vivir es fácil si nunca abres los ojos, si sigues creyendo que el mundo empieza y termina en el bien y el mal.

Porque nací muerto, sapo. Mis padres no me conocen, me dejaron abandonado, nunca conocí el seno de mi madre. Soy el peor experimento que se hizo.

Nací muerto, mi lengua no conoce el vino de plátano, mis ojos nunca recorrieron el valle de Anáhuac. Pienso, pero no sé explicarlo, para eso está Samuel Ramos. Mi identidad cabe en una botella plástica de 600 mililitros, nunca he reparado en lo que dice el himno.  Sueño con el apocalipsis, quizá la única cura para la enfermedad de vivir en esta época.

Muerto.
Muerto.”





[1] Se hace referencia a un fragmento del ensayo Nuestra América, escrito por José Martí: “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”

jueves, 13 de febrero de 2014

Tan simple

La cerveza sabe a soledad.

Miro a través de los barrotes de la ventana sin cristal: el mundo pasa, a un metro de mí todo continúa como si nada.

Esto que hago es insoportable pero no quiero evitarlo, quiero toda esta soledad de la cerveza en un bar vacío –al fin y al cabo son las diez de la mañana-, de tu camisa deslizándose sobre mis hombros. Cada trago es un jalón inevitable de los hombros de la camisa hacia arriba, cada trago soy yo gritándole al barman que tu existencia se me escapa de encima y no quiero. No quiero.

Ojalá fuera simple.

Simple como el galopar de un caballo, como un salmón nadando a contracorriente. Ojalá me hubieras roto el corazón. Hoy le diste a mi orgullo. Tú y Alondra –tan liviana como el ave con la que comparte nombre- me expulsaron la vida del cuerpo.

Ojalá fuera simple.

El camino a casa es disparejo a la una de la tarde contigo y con Alondra en cada cara, en cada esquina, en cada pensamiento. Entré a la pieza con un café en la mano –el de avellana siempre ha sido tu preferido, quizá porque la avellana también es una hija de puta que cada vez cuesta más cara-. Dejé tu habitación oliendo cómodamente a café cuando los vi aún dormidos, bajo las sábanas manchadas de sexo. Desde el otro lado de tu conciencia escuchaste un ruido y apenas te moviste. Hijo de puta, te vi acercar tus pies a los de ella y acariciarlos en círculos, como hacías conmigo.

Ojalá fuera simple y me rompieran el corazón y los labios de un beso. Ojalá me doliera la perra con el útero de fuera que vaga por la parada del tren o la señora abajo del puente que se le ha olvidado cómo hablar. Ojalá tuviera un carro para manejar hasta el pueblo de mi abuelo para sentarme bajo el abedul donde lo enterramos a llorar porque no me duele nada de eso. Ojalá tuviera el brío de pasar a cinco leguas de tu casa sin pensar en ti –al fin y al cabo nunca lo notas-. Ojalá me tropezara y me abriera la rodilla izquierda y entonces despertara y supiera que nada fue cierto, que van a pasar veinte o cincuenta años y vamos a tener una cabaña en las afueras para despertarnos tarde y tomar el té de la merienda tan tranquilos como nunca.

Ojalá fuera simple como aceptar que te encontré en la cama con una cualquiera, que odiaré por siempre a esa mujer a pesar de no haberla conocido. 

Ojalá fuera simple como nunca volver a contestar tus llamadas. Ojalá nunca hubiera entrado en la pieza con un café de avellana hija de puta en la mano para verte bajo las sábanas manchadas de sexo abrazando la silueta desnuda de mi hermana pequeña, con los ojos abiertos como platos, y una cadena desde la cabecera de la cama hasta su pequeño tobillo.


~~~~~~~~~~

El maestro nos pidió que escribiéramos "algo" que contuviera las palabras abedul, alondra, brío, caballo, cabaña, camino, camisa, carro, cerveza, legua, pieza y salmón. Estas palabras provienen de voces célticas adoptadas pro el latín.


domingo, 9 de febrero de 2014

Identidad y lenguaje: una reflexión por escalas


Por esto es pertinente marcar algunas diferencias fundamentales: el lenguaje es el factor determinante en la diferenciación del ser humano. Es decir, el lenguaje es tomado como una facultad humana –según el autor- de expresión. Es así que la facultad del lenguaje será un rasgo de identidad humana –a gran escala- como la lengua –a mediana escala- resulta ser una suerte de identidad para los conjuntos culturales.

Definitivamente el factor más importante para lograr dominar a un pueblo es a través de la religión –quién más apto para probar esto que los pueblos centro y sudamericanos-, pero el lenguaje tiene una relevancia bastante parecida a ella.

La lengua es un sistema particular de signos y relaciones lingüísticas a través del cual se materializa la facultad del lenguaje. El español y el inglés entran dentro de la categoría de lengua, el inglés y el español son determinantes de identidad de pueblos enteros, como es el caso de Latinoamérica –o, en palabras del autor, Hispanoamérica e, incluso, Iberoamérica-. A pesar de las diferencias obvias y no tan obvias entre las manifestaciones lingüísticas de los países hispanohablantes, el español es un factor que facilita el intercambio comunicativo entre ellos.

Así como se han explicado las gradientes de mayor y mediana escala que funcionan como refuerzo de identidad colectiva, toca el turno de hablar del dialecto, que ocupa la escala menor.

El dialecto comúnmente es considerado una vertiente imperfecta de un idioma cuando, ya lo decía Gonzalo Correas, se habla de variaciones propias de un territorio geográfico, una generación, un estrato sociocultural, un género sexual, cierto urbanismo o estilo, se habla, efectivamente, de dialectos.

Desde el dialecto específico de tal o cual grupo, pasando por la lengua que encierra toda una historia colonial, llegando hasta el divino hecho de poder tener un lenguaje articulado, la identidad se va formando, además de la religión, a través de un sistema de comunicación.


martes, 21 de enero de 2014

¿Honestidad en los exámenes?

Yo creo que la honestidad está sobrevalorada. 
Copies o no copies en un examen, cuando salgas de la escuela y dejes de hacer exámenes, te enfrentas a un mundo plagado de corrupción. Y sé que ese no es un argumento válido para copiar –además de que el orgullo también pesa: nadie se quiere sentir un tonto que necesita copiar-, pero es que tampoco me parece válido que estudiemos y memoricemos datos y definiciones que al final del día olvidemos (lo que viene en los exámenes es demasiado como para aprehender todo con un aprendizaje realmente significativo que deje marca en nosotros).

Creo que es importante ser honesto en los exámenes para mantener una buena opinión de nosotros mismos. Si se copia, que sea por antojo y no por necesidad, que sea por sentirnos un poquito rebeldes y no por miedo a reprobar la materia.

Por otro lado, me parece que también debería pensarse una manera de construir exámenes para que contestarlos signifique disfrute. Por ejemplo, los exámenes caseros en los que tengo que ejemplificar cosas me gustan porque es una excusa para releer mis libros favoritos; o los exámenes en los que la información debe ser aplicada, como si se tratara de una práctica del mundo laboral.


Yo creo que la honestidad está sobrevalorada y he copiado en muchos exámenes y un par de veces he tenido que pagar las consecuencias. No por eso me siento menos inteligente o preparada, sólo han sido pequeñas facilidades para sortear materias aburridas o evitar memorizar información que no me interesa.

martes, 14 de enero de 2014

A pesar de todo...

No me da miedo decir que soy mujer a pesar de no identificarme ni con mi sexo ni con ningún otro, a pesar de sofocarme con el molde de plástico frío que fue diseñado por la historia para que al menos en eso todo el género sea equitativo. No me da miedo decir que soy mujer y amo y desamo mi sexo, aunque me tachen de feminista o misógina.
Soy mujer y me miro al espejo y sé que no puedo ser sólo eso, que esa palabra se queda corta para mí y para cualquier persona a la que no le cuelgue el sexo.

No tengo miedo de aceptar que tengo un nombre a pesar de no encontrar en mis rasgos las consonantes que lo forman, a pesar saber que mis piernas no caben en un sustantivo de seis letras, a pesar de mi acta de nacimiento y mi lugar en la lista de alumnos. 
Tengo nombre y así me llama la gente y yo les hago caso cuando me llaman así por costumbre a pesar de sentir que yo no soy a quien llaman.


No tengo miedo de aceptar que soy un ser humano a pesar de sentirme poco encadenada a mi cuerpo y a mi formación celular, tengo un cuerpo y cierta civilidad. Soy humana a pesar -de tener un lado animal más expuesto que escondido, aúllo a la luna y nunca quiero abandonar el agua de mar.

No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad, a pesar de sus balaceras y su tercermundismo, de su presidente y su decadencia. Nací aquí y esto es todo lo que tengo, quisiera decir puto México pero suena cursi, nunca quiero irme de este país.
No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad aunque no me sienta parte de ella, aunque sea lo único de lo que realmente me enorgullezco, aunque es lo único que me preocupa perder algún día.


No tengo miedo de aceptar que soy lo que soy a pesar de no sentirme parte de nada, de ser una extraña en mi propio cuerpo, extranjera en mi propio país. 
Soy lo que soy a pesar de todo, a pesar de no querer.