lunes, 9 de junio de 2014

LA MICROFICCIÓN EN TWITTER: UN ARTE SEMIAUTISTA


El internet es una herramienta poderosa que ha permitido el surgimiento de manifestaciones globales de todo tipo entre las que se encuentran los grupos anti sistémicos que actúan a través del ciberespacio publicando información clasificada sobre el gobierno, así como los programas semanales transmitidos vía You Tube. En caso del arte, sucede que la difusión es mayor y se vuelve posible conocer productos artísticos emergentes, incluso, del otro lado del mundo. El fenómeno que agudiza toda manifestación de la globalización cibernética es la aparición de redes sociales.

Este fenómeno quizá sea el más impactante en la sociedad moderna puesto que ocupa el tercer lugar en las actividades cibernéticas mundiales. Sólo en México –durante el 2013- el número de usuarios asciende a más de 40 millones de personas de las cuales el 90% cuenta con un perfil activo de Facebook, 60% con cuenta de You Tube y 56% de Twitter (Times, 2014).

La red social que se abordará en este ensayo tiene usuarios más o menos específicos: el 56% se ubica en el género masculino, el 60% está en un rango de edad entre 18 y 29 años, el 67% ha concluido la preparatoria, el 94% habita en un ambiente urbano, el 35% se encuentra en regiones al norte del país. (Campos, 2012)

Es así que Twitter se ha vuelto un espacio para que la urbe, en su mayoría, mayor de edad exprese sus ideas escudándose por un medio de interacción impersonal.

Curiosamente, muchísimos escritores poseen su propia cuenta de Twitter. Entre ellos están Alberto Chimal, Porfirio Hernández y Guillermo Fadanelli así como talentos emergentes de la talla de Eric Uribares, Aurelio Guzmán, Daniel Saldaña París y Luis Flores. La mayoría se limita a escribir sobre la situación del país, algunos comentarios sarcásticos y actualizaciones personales, pero otros se han unido a una manifestación llamada microficción.

Para entender las características de esta nueva tendencia literaria se deben dejar en claro algunos puntos sobre los que opera Twitter. Para empezar, la actividad principal de esta red social es compartir mensajes –llamados tuits- que no rebasan los 140 caracteres. Cada usuario tiene una cuenta que otros usuarios pueden seguir para tener acceso directo a lo que éste escriba. Cuando un tuit resulta interesante y se quiere compartir, se retuitea –con lo que la cuenta de quien retuiteó hace posible que más gente lo lea-. Si simplemente se quiere archivar se marca como favorito.

Dicho esto, se intuye que la microficción de Twitter es una manifestación compleja por su obligada simpleza: construir una historia en 140 caracteres implica un excelente uso del lenguaje y de la capacidad de sintetizar; en palabras de un gran microficcionista: “Los mundos narrados son pequeñísimos en la página pero se amplifican en la imaginación.” (Chimal, Inicial, 2010)

A pesar de que las características mencionadas sean difíciles de conjugar, esta tendencia de escritura se ha vuelto muy popular e incluso existen cuentas que se dedican completamente a escribir y compartir microficciones. Incluso hace un par de años, en 2012, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires fue lugar de premiación de un certamen de microficción en Twitter, resultando ganador Leo Mercado con el tuit “El cazador prehistórico decide no seguir al mamut que cruza el puente de Bering, desapareciéndonos a usted, a mí y al cuento.” (Gardella, 2013)

En el ámbito nacional, es Alberto Chimal quien ha creado mayor número de microficciones bien logradas, tanto así que en 2012 publicó un libro compilando sus mejores tuits minificcionales bajo el nombre de 83 novelas.

En el prólogo de esta compilación –que puede encontrarse gratis en internet- parecen subyacer algunas características básicas de la microficción como que los personajes se construyen gracias a lo que se dice acerca de ellos, los mundos de la microficción tienen la mayor parte de su extensión en la imaginación del lector, y que las microficciones tienen inicios y finales muy parecidos pero lo importante es la mutación del resto de la historia. Otras características fundamentales son la hibridación genérica, la intertextualidad lúdica y la experimentación lingüística. (Revista Ñ, 2014)

Lo estipulado puede leerse en cada una de las ochenta y tres microficciones que conforman 83 novelas, por ejemplo: “En uno de los mundos posibles no se inventó el lenguaje. Acaso los pobladores son felices, pero en realidad no se puede decir.” (Chimal, Cosmología 8, 2010)

Dentro de la microficción subyace un asunto muy estudiado por teóricos de la lengua: la economía del lenguaje.

La historia nos ha demostrado que tanto en los medios de comunicación personal como en los de masas (con fines comerciales), el precio de la palabra sí importa. Existen medios de comunicación personal caracterizados por sus limitaciones de espacio, como son el telegrama o los SMS. Y lo mismo ocurre con los masivos; podríamos hablar de dos casos en los que la palabra es el bien más preciado: los anuncios por palabras, (ya sea orientados a la compra de bienes o a la contratación de servicios) y el Twitter.
(Roldós Publicidad, 2012)

De esta forma, los tuits y, específicamente, las microficciones de Twitter son producto de una limitación cuantitativa y cada una de las palabras debe estar perfectamente seleccionada.
La microficción contrasta en términos de uso del lenguaje con el resto de contenido de Twitter puesto que tan sólo el 8.7% de los mensajes publicados en esta red social llega a tener algún tipo de contenido de valor, mientras que el 80% de los tuits son sobre asuntos intrascendentales de los cuales el 40.5% son palabras o frases de interés nulo y el 37% son conversaciones con otros usuarios de Twitter. (Roldós Publicidad, 2012)

En lo que toda la información que corre por Twitter se unifica es en la necesidad de tomar el principio de la economía lingüística como ley.

La tendencia a la economía o a la brevedad es un principio comprendido en la naturaleza del propio lenguaje, que, de acuerdo a su función primordial de comunicación, busca la comodidad y el menor esfuerzo en la emisión y descodificación del mensaje.
(Duarte, 2008)

George Kingsley Zipf fue un estadista que propuso cinco puntos operantes en el principio de la economía del lenguaje; el primero trata de una especie de regla matemática en la que la dificultad de pronunciar un fonema es inversamente proporcional a las veces que éste es usado, el segundo se parece mucho al primero pero abarca un campo más amplio –mientras más larga es una palabra, menos es usada-, el tercer punto se relaciona a su vez con el segundo pues propone un proceso dinámico en el que una palabra larga es reemplazada por una más corta con significado igual o similar, el cuarto habla sobre la correlación positiva entre la edad cronológica y las palabras nuevas –principio de la distribución de frecuencia de las palabras-, y el quinto indica que cuanto más frecuente es una palabra, ésta tiene un significado menos variable. (Duarte, 2008)

En el caso de las microficciones de Twitter se pueden apreciar el segundo y el quinto punto: el espacio, de por sí limitado por el formato de esta red social, se ahorra utilizando abreviaciones, supuestos, obviando lo prescindible, todo esto para que una buena historia quepa en un tuit; el quinto punto es observable en la intertextualidad.

Un ejemplo de lo anterior podría ser: “Cayó en trance en el templo, habló en lenguas y empezó (sin que nadie entendiera): -En un lugar de La Mancha…” (Chimal, Espiritual 11, 2010) En la microficción anterior se reemplaza una explicación más o menos larga por el uso de la intertextualidad quijotesca, al mismo tiempo que omite características explícitas del sujeto sin dejar de haber construido ya un personaje completo.

La ley operante en Twitter puede resumirse en un refrán popular: si lo bueno breve, dos veces bueno.

En términos estrictos, la microficción es una novedad por situarse en el escenario del ciberespacio; pero, en realidad, esta manifestación retoma elementos de una lengua bastante antigua: el latín.

Esto resulta lógico cuando se reflexiona que el español es una lengua derivada del latín vulgar, es decir que es una manifestación lingüística en la que el idioma original se fue descomponiendo para dar paso a otro. Más lógico resulta cuando se entiende que ambas lenguas son flexivas, es decir, las palabras se conforman de una raíz a la que se le añaden elementos que dan concordancia gramatical.

El latín es una lengua sintética, “(…) posee un gran número de morfemas ligados (morfemas de caso, inflexiones verbales, etc.)” (Penny, 2001)  esto quiere decir que se añaden afijos a la raíz de la palabra para adecuarla a su función gramatical.

El español es una lengua analítica, “(…) expresan las mismas relaciones gramaticales utilizando preposiciones, artículos o interjecciones (cuando son nombres) y verbos auxiliares (cuando se trata de verbos).” (Heriberto Camacho, 2000).

Se puede notar la gran diferencia entre el español y el latín si se toma en cuenta el contraste de su naturaleza compositiva: en una, la palabra tiene prácticamente significado propio y, en la otra, una palabra subsiste gracias a los morfemas que se ligan a ella
.
¿A qué viene esta nimia lección sobre lenguaje? A que el latín y las microficciones comparten elementos, a pesar de ser éstas de otro idioma.

El elemento en común es la supresión de nexos como los artículos. Cabe aclarar que las microficciones las usan lo menos posible, muy a la usanza ultraísta y, obviamente, por cuestiones de espacio; pero el español de la microficción se está volviendo sintético por economía de lenguaje. Quizá en el futuro las microficciones sean una sola palabra cargada de significado.

Otro elemento en común es la aglutinación de ciertos sustantivos que se convierten en verbos, por ejemplo: “"A escribir se aprende escribiendo, a tuitear se aprende tuiteando". Aunque este es un caso no exclusivo de la microficción, también es parte de ella.

Aunque la microficción se ha estado divulgando como una manifestación novedosa, no es así.
“Como la gran mayoría de los géneros narrativos breves gozan de una tradición milenaria no extraña que a lo largo de los siglos hayan sufrido una serie de modificaciones según la época y la narración contemplada.” (Spang, 2009) Y sobre las palabras de Spang puede notarse una larga línea de sangre que concluye en la microficción de Twitter.

Por ejemplo, el aforismo es una manifestación literaria corta en la que se expresa una verdad de Perogrullo. Se ha retomado por le poesía. Un expositor de este género es Francisco Hernández: “El poema es la huella que deja el homicida en el lugar de los hechos (la hoja en blanco es un crimen perfecto).” (Hernández, 2013)

Otro ejemplo mucho más antiguo es el refrán popular que por su facilidad de memorización se mantiene vivo desde varios siglos. Aunque éste no cuenta una historia –tampoco lo hace el aforismo-, es quizá la manifestación corta más vieja.

Las greguerías entran en esta clasificación, pues se trata de composiciones en prosa que contienen reflexiones ingeniosas o humorísticas. El término fue acuñado por Ramón Gómez de la Serna, quien escribió varias de ellas, por ejemplo: “Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo.”.

Los haikús también son manifestaciones literarias cortas: provienen de la tradición de poesía japonesa y sólo se constituyen por tres versos. Por ejemplo: “La mariposa revolotea /   como si desesperara / en este mundo” Kabayashi Issa.

Claro que de las expresiones aquí citadas ninguna es de la naturaleza de la microficción pero antes de la creación de Twitter, Monterroso ya nos deleitaba con el despertar de los dinosaurios.

A modo de conclusión, parece pertinente afirmar que las manifestaciones artísticas se van adaptando a la realidad: es por ello que la microficción de Twitter cobra una gran popularidad en esta época. Otra razón importante de la popularidad de la microficción es la economía del lenguaje que reina en Twitter gracias a su formato. Y aunque hay expresiones de este tipo que resultan interesantes, el gran problema es su hermetismo: primero, sólo llegan a aquellos con una cuenta de Twitter, luego, sólo a los interesados que se toman el tiempo de seguir a los microficcionistas, finalmente, porque la microficción es una creación en la que se da por sentado mucho, por lo que supone una actividad racional que no todos tienen.
Puede decirse que la microficción es un arte semiautista que proviene de una larga tradición prosística que ha desembocado en el sintetizar lo más posible tratando de crear un tuit coherente. Como los autistas, sólo dice lo necesario, sólo se mueve en su zona de confort.

Bibliografía

Campos, R. (Diciembre de 2012). Twitter: uso y penetración. Obtenido de Slideshare: http://www.slideshare.net/hoovazqtank/uso-y-penetracin-de-twitter-en-mxico-2013
Chimal, A. (2010). 83 novelas. México: La Guillotina.
Duarte, J. P. (2008). El principio de la economía lingüistica. Pragmalingüística, 7-27.
Gardella, M. (11 de Mayo de 2013). Ganadores del concurso de Microficción por Twitter de la Feria del Libro de Buenos Aires. Obtenido de Internacional microcuentista: http://revistamicrorrelatos.blogspot.mx/2013/05/ganadores-del-concurso-de-microficcion.html
Heriberto Camacho, e. a. (2000). Manual de Etimologías Grecolatinas. México: Limusa.
Hernández, F. (16 de Semptiembre de 2013). Aforismos de Francisco Hernández. Obtenido de Círculo de poesía: http://circulodepoesia.com/2013/09/aforismos-de-francisco-hernandez/
Revista Ñ (5 de Mayo de 2014). Microficción, la literatura en unas pocas palabras. Obtenido de Revista de cultura Ñ: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Microficcion-literatura-pocas-palabras_0_1135086819.html
Penny, R. (2001). Gramática Histórica del Español. Barcelona: Ariel.
Publicidad Roldós (2012 de Noviembre de 2012). Economía del lenguaje. Obtenido de Roldós: http://www.roldos.es/blog/economia-del-lenguaje/
Spang, K. (2009). Géneros literarios. En e. a. Miguel Ángel Garrido, El lenguaje crítico: vocabulario crítico. Madrid: Signa.
Times, i. (2 de Abril de 2014). iLifebelt Times. Obtenido de Usuarios y uso de Internet en México 2013: http://ilifebelt.com/usuarios-y-uso-de-internet-en-mexico-2013/2013/04/



lunes, 5 de mayo de 2014

A pesar de no querer: confesionario

No me da miedo decir que soy mujer a pesar de no identificarme ni con mi sexo ni con ningún otro, a pesar de sofocarme con el molde de plástico frío que fue diseñado por la historia para que al menos en eso todo el género sea equitativo. No me da miedo decir que soy mujer y amo y desamo mi sexo, aunque me tachen de feminista o misógina. Soy mujer y me miro al espejo y sé que no puedo ser sólo eso, que esa palabra se queda corta para mí y para cualquier persona a la que no le cuelgue el sexo.

No tengo miedo de aceptar que tengo un nombre a pesar de no encontrar en mis rasgos las consonantes que lo forman, a pesar saber que mis piernas no caben en un sustantivo de seis letras, a pesar de mi acta de nacimiento y mi lugar en la lista de alumnos. Tengo nombre y así me llama la gente y yo les hago caso cuando me llaman así por costumbre a pesar de sentir que yo no soy a quien llaman.

No tengo miedo de ser llamada hija, a pesar de saber que mis padres fueron sólo un receptáculo de circunstancias dirigidas a que yo estuviera hoy y todos los días deambulando por esta ciudad de nadie. A pesar de haber sido planeada sólo como compañera de juego de mi hermano, como un peso muerto que equilibrara la balanza familiar.

No tengo miedo de decir que soy hermana de alguien, a pesar de las discusiones que nunca añejan, de los juguetes compartidos, de la sombra que siempre tuve que pisar. Soy hermana de un muchacho tres años mayor que yo, le amo con el cariño de Caín, con la fuerza del animal que teme estar solo.

No tengo miedo de aceptar que tengo una familia, a pesar de estar partida por una mentira de más de veinte años, a pesar de las tendencias divididas, los chistes homofóbicos y los comentarios burgueses. Tengo una familia con todas las letras que componen la palabra, por ellos las tormentas desaparecen y reaparecen. Me veo en ellos reflejada, en sus tendencias divididas, en sus chistes homofóbicos y en sus comentarios burgueses.

No tengo miedo de aceptar que soy un ser humano a pesar de sentirme poco encadenada a mi cuerpo y a mi formación celular, tengo un cuerpo y cierta civilidad. Soy humana a pesar de tener un lado animal más expuesto que escondido, aúllo a la luna y nunca quiero abandonar el mar.

No tengo miedo de decir que esta sociedad me formó, a pesar de su tambaleante estructura, de los comediantes que la gobiernan y de aborrecerla. La sociedad está en mí como en cualquier otro, como un cáncer que se alimenta de todo lo que quiero hacer y que no produce capital monetario.

No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad, a pesar de sus balaceras y su tercermundismo, de su presidente y su decadencia. Nací aquí y esto es todo lo que tengo, quisiera decir puto México pero suena cursi, nunca quiero irme de este país. No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad aunque no me sienta parte de ella, aunque sea lo único de lo que realmente me enorgullezco, aunque es lo único que me preocupa perder algún día.

No tengo miedo de aceptar que soy lo que soy a pesar de no sentirme parte de nada, de ser una extraña en mi propio cuerpo, extranjera en mi propio país. 

Soy lo que soy a pesar de todo, a pesar de no querer.


domingo, 20 de abril de 2014

Los epilépticos, Miguel Ángel Alvarado [Transcripción de la antología "Camisa de 18 varas"]



LOS EPILÉPTICOS

Los epilépticos se quedan quietos.
La epilepsia es la enfermedad más elegante,
la más seria, la más arrogante.
Los epilépticos miran temblar sus manos,
abrirse espacios en la carne.
La paciencia les dice que nunca han de curarse; no se curan,
         se impacientan.
Los epilépticos nunca están solos
pero no se dan cuenta porque siempre están
retorciéndose, recorriéndose, evaporándose.
No se pueden salvar,
no se pueden evitar. Les apura evitarse.
Sólo saben gritar.

Los epilépticos tienen los labios fríos
pero quemantes.
Se ponen a pensar cómo serían si estuvieran sanos,
en paz sus cuerpos en todo momento.
Temblarían de aburrimiento, de vergüenza;
Serían simples y se enamorarían.
Pero nadie sabe. ¡Hum! Sólo ellos.

De noche no duermen.
Lo hacen de día
para no morderse la cara,
para no comerse la lengua
ni asfixiarse en las horas idas.
Los epilépticos están con dios
pero tienen al diablo dentro.
de sus cuerpos salen
y se ponen a platicar entre ellos.
Se tocan el sexo y aprenden cosas
que luego cuentan como si fueran cuentos.

Cansados de viajar sin salir de casa,
sólo cierran los ojos y se tocan el alma.
Tienen el cuerpo de mermelada y es amarga, amarga.
Se les caen los dientes, las entrañas.

Se hacen hambrientos de gente,
necesitan saber que son gente,
creer que todo lo tienen;
burlarse del amor y de esa espina
clavada en la cabeza.
Se ríen de todo. ¿Por qué se ríen de todo?
Los epilépticos son inmortales
pero no se resignan. Quieren morir de verdad,
Tener su propio ataúd, dejar de temblar.

Llenos, pero llenos de algo duro, que duele,
esperan el mediodía para llorar calladamente,
para decir “esta pastilla es la vida”.
A veces tienen mujeres,
a veces; los epilépticos son así,
con senos, caderas y cuellos finos.
Pero no duran mucho.
No caben en la cama.
No saben ser almohada.

Los epilépticos sin tierra, sin pared,
sin hijos, sin historias de amaneceres intencionales,
no hacen nada.
Son como en el agua las piedras, como el aire.

Sólo tiemblan.


Miguel Ángel Alvarado

sábado, 19 de abril de 2014

El uso de la fuerza (1938), William Carlos Williams [Traducción personal]

Ellos eran nuevos pacientes míos, todo lo que sabía era el nombre: Olson. Por favor venga tan pronto como pueda, mi hija está muy enferma.

Cuando llegué fui recibido por la madre, una mujer grande de aspecto asustado, tan limpia y apologética que sólo se atrevió a decir: ¿es éste el doctor?; y a dejarme pasar. En la parte trasera, añadió. Debe disculparnos, doctor, la tenemos en la cocina porque ahí es cálido. La casa es muy húmeda a veces.

La niña estaba completamente vestida y sentada en las piernas de su padre, cerca de la mesa de la cocina. Él trataba de levantarse, pero le hice un gesto para que no se molestara en hacerlo, me quité el abrigo y empecé a mirar. Pude ver que todos estaban muy nerviosos, inspeccionándome de arriba a abajo con desconfianza. Como suele suceder en tales casos, no me decían más de lo que necesitaban, ese era mi trabajo; para eso estaban gastando tres dólares en mí.

La niña me devoraba con sus fríos, quietos ojos, aunque sin expresión en su rostro. No se movía y parecía, internamente, tranquila; una pequeña y atractiva cosita, y tan fuerte, en apariencia, como un novillo. Pero su cara estaba enrojecida, ella respiraba rápidamente, y me di cuenta que tenía fiebre alta. Ella tenía un espléndido cabello rubio, en la profusión. Una de esas niñas salidas de fotos reproducidas en folletos publicitarios y secciones de fotograbado de los periódicos dominicales.

Ha tenido fiebre por tres días, comenzó el padre, y no sabemos por qué. Mi esposa le ha dado cosas, ya sabe, como hace la gente, pero no mejora. Y han habido muchas enfermedades por estos rumbos. Así que pensamos que sería mejor que la revisara y nos dijera cuál es el problema.

Como los doctores hacen comúnmente, tomé un tiro de prueba como punto de partida. ¿Ha tenido dolor de garganta?

Ambos padres contestaron juntos, No… No, dice que su garganta no le duele.

¿Te duele la garganta? Preguntó la madre a la hija. Pero la expresión de la pequeña no cambió ni movió sus ojos de mi cara.

¿Ha revisado?

Lo intenté, dijo la madre, pero no pude ver.

Da la casualidad que habíamos estado teniendo una serie de casos de difteria en la escuela a la que esta niña fue durante ese mes y todos estábamos, bastante obviamente, pensando en ello, aunque nadie había hablado aún de eso.

Bueno, dije, supongo que primero echaremos un vistazo a su garganta. Sonreí de la manera más profesional que pude y, preguntando por el nombre de la niña, dije, vamos, Matilda, abre tu boca y echemos un vistazo a tu garganta.

No hacía nada.

Aw, por favor, dije, sólo abre grande tu boca y déjame ver. Mira, dije abriendo completamente mis manos, no tengo nada en las manos. Sólo ábrela y déjame ver.

Qué hombre tan amable, añadió la madre. Mira qué gentil es contigo. Vamos, haz lo que te dice. No te va a lastimar.

En respuesta a eso, apreté los dientes con disgusto. Si tan sólo no hubieran usado la palabra “lastimar” yo podría haber llegado a algún lado. Pero no me permití apresurarme o perturbarme y hablando en voz baja me acerqué lentamente a la niña de nuevo.

Al mismo tiempo al que movía mi silla un poco más cerca de pronto, con un movimiento gatuno, sus manos trataron de arañar instintivamente mis ojos y casi los alcanzaron. De hecho, me quitó los lentes –que volaron- y cayeron, aunque no estaban rotos, varios metros lejos de mí en el piso de la cocina.

El padre y la madre casi se ponen de cabeza de vergüenza y disculpas. Niña mala, dijo la madre, agarrándola y sacudiéndola del brazo. Mira lo que has hecho. Este hombre tan amable…

Por dios, interrumpí. No me llame hombre amable frente a ella. Estoy aquí para revisarle la garganta por la posibilidad de que tenga difteria y posiblemente muera por eso. Pero eso no significa nada para ella. Mira, le dije a la niña, vamos a mirar tu garganta. Eres lo suficientemente grande para entender lo que digo. ¿La abrirás sola o tendremos que abrirla por ti?

Ni un movimiento. Incluso su expresión no cambiaba. Su respiración se había vuelto más y más rápida. Luego comenzó la batalla. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerle una revisión de garganta por su propio bien. Pero primero le dije a los padres que dependía totalmente de ellos. Expliqué el peligro pero dije que no insistiría en la revisión de garganta si no tomaban la responsabilidad.

Si no haces lo que dice el doctor, te vamos a llevar al hospital, amenazó la madre.

¿Ah sí? Tuve que sonreír para mis adentros. Después de todo, ya me había enamorado de la salvaje mocosa, los padres eran despreciables conmigo. En la lucha que siguió se hicieron más y más abyectos, abrumados y cansados ​​mientras que ella sin duda elevó a alturas magníficas de la insana furia el esfuerzo de tenerme miedo.

El padre intentó lo mejor que pudo, y era un hombre grande pero el hecho de que fuera su hija, la vergüenza de su comportamiento y el pavor de lastimarla lo hicieron soltarla justamente en el momento crítico en el que casi lograba el éxito,  hasta quería matarlo. Pero su pavor de que tal vez tuviera difteria lo hizo pedirme que continuara, que continuara aunque él mismo casi se desmayaba, mientras la madre se movía hacia adelante y atrás, a nuestras espaldas bajando y subiendo las manos en una agonía de aprehensión.

Ponla frente a ti, en tu regazo, ordené, y sostén sus muñecas.

Pero tan pronto como lo hizo la niña dejó escapar un grito. No, me estás lastimando. Suelta mis manos. Suéltalas te digo. Luego chilló terriblemente, histéricamente. ¡Ya! ¡Detente! ¡Me estás matando!

¿Cree que pueda aguantarlo, doctor? Dijo la madre.

Vete, dijo el esposo a su esposa. ¿Quieres que se muera de difteria?

Vamos, sosténgala, dije.

Entonces agarré la cabeza de la niña con la mano izquierda y traté de poner el abate lenguas entre sus dientes. Ella peleó, con los dientes apretados, desesperadamente. Pero ahora yo también me había puesto furioso- con una niña. Traté de controlarme pero no pude. Sé cómo exponer una garganta para una inspección. E hice lo mejor que pude. Cuando finalmente pude poner la espátula de madera tras los últimos dientes, justo en el punto de la cavidad bucal, abrió la boca por un instante pero antes de que pudiera ver algo la cerró, moliendo entre sus molares el abate lenguas que redujo a astillas antes de que pudiera sacarlo.

¿No te da pena? Gritó la madre. ¿No te da pena portarte así enfrente del doctor?

Tráigame una cuchara de mango suave, le dije a la madre. Vamos a continuar con esto. La boca de la niña estaba sangrando. Su lengua estaba cortada. Ella gritaba salvajemente y chillaba histéricamente. Tal vez debí haber desistido y haber regresado en una hora o más. Sin duda hubiera sido mejor. Pero he visto al menos dos niños que yacían muertos en la cama de la negligencia en tales casos, y sintiendo que debía tener un diagnóstico en ese preciso momento fui de nuevo. Lo peor fue yo también fui más allá de la razón. Pude haber desgarrado la boca de la niña en mi propia furia y haberlo disfrutado. Era un placer atacarla. Mi cara ardía de ello.

La maldita mocosita debía ser protegida contra su propia idiotez, se decía uno a sí mismo en esos momentos. Otros deben ser protegidos contra ella. Es una necesidad social. Y todas esas cosas son ciertas. Pero una furia ciega, un sentimiento adulto de vergüenza, anhelo de relajación muscular son los que mandan. Uno sigue hasta el final.

En el último asalto irracional dominé el cuello y las mandíbulas de la niña. Forcé la pesada cuchara de plata detrás de sus dientes y hacia su garganta hasta que se atragantó. Y ahí estaban –ambas amígdalas cubiertas de membrana. Ella había peleado valientemente para mantenerme lejos de conocer su secreto. Había estado escondiendo esa garganta irritada por tres días por lo menos y mintiéndole a sus padres con el fin de escapar de un resultado como este.

Ahora estaba verdaderamente furiosa. Había estado a la defensiva antes pero ahora atacaba. Trató de bajar el regazo de su padre y volar hacia mí mientras las lágrimas de la derrota cegaban sus ojos.


martes, 8 de abril de 2014

Andar de veintiséis a los cincuenta, Alejandro Ariceaga [Transcripción de la Antología "Camisa de 18 varas"]

Pero algo invierte las cosas, como es natural, y uno acaba, a los cuarentaitantos, persiguiendo a las nínfulas de veinte.

Para decirlo con precisión, me enamoré de una de veintiséis nueve semanas, dos días y algunas horas. Para decirlo de otro modo, se despertó un gato con rabia y me arañaba al mediodía, me arañaba en la tarde y al anochecer se iba a dormir abajo de mi almohada. Era yo ni más ni menos que el retrato de un alma que se volteó al revés, igual que se voltea un calcetín costura afuera.


Ella no era culpable de tener la clase de ojos que me dan cosquillas. 


A la semana y media ya no me iba gustando: la llevaba en la camisa todo el pinche día, en las arrugas del pantalón, en el reloj y en el páncreas.

Ella no fue culpable de regalarme una mirada y luego dos y luego un gesto que debe ser natural, como dar los buenos días o hablar de dinosaurios, pero que un demente como yo traduce como señal inequívoca de entrega. Y sólo estaba diciendo buenos días y hasta mañana. Lo juro y lo perjuro.


Y al cumplirse dos semanas yo tenía vértigos de impaciencia por sembrarle el hijo que nunca nacería, por mojarle el pecho con mi sudor helado, por llenarle las orejas de historias tontas y macabras

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Antes del mes había renacido el joven que fui trepándose a las bardas y me puse a recordar que Julio Torri se lanzaba en bicicleta en pos de púberes canéforas (por lo menos lo platican) y me sentí de aquella especie en extinción.


A las ocho semanas ardía de fiebre. La buscaba en todas partes y a todas horas y lamentaba que nadie, ni las piedras, nos vieran caminar por esas calles, bajo los cables de luz, por los jardines. Qué sensación de estar perdiendo el tiempo.


Pero las aguas volvieron a su cauce. La realidad se impuso, como dicen, y ella lo dijo claro, paloma blanca de adiós: eso ya no se puede.


Qué risa y qué chulada, mi noble corazón apasionado.

domingo, 30 de marzo de 2014

Zombie, un cuento de Chuck Palanhiuk [traducción personal]

Zombie: A New Original Short Story by Chuck Palahniuk


Fue Griffin Wilson quien propuso la teoría de la des-evolución. Él se sentaba dos filas detrás de mí en Química Orgánica, él cabía perfectamente en la definición del genio malvado. Fue el primero en hacer el Gran Salto de Retroceso.

Todo el mundo lo sabe porque Tricia Gedding estaba en la oficina de la enfermera con él. Ella estaba en la otra camilla, tras una cortina de papel, fingiendo tener su periodo para salvarse de un examen sorpresa de Perspectivas sobre la Civilización Oriental. Ella dice que escuchó el beep! pero no reparó en ello. Cuando Tricia Gedding y la enfermera de la escuela lo encontraron en su camilla, pensaron que Griffin Wilson era el muñeco de resucitación que todos usan para practicar RCP. Apenas respiraba, apenas se movía. Ellas pensaron que era una broma porque su billetera estaba apretada entre sus dientes y tenía cables eléctricos pegados a ambos lados de la frente.

Sus manos sostenían una caja del tamaño de un diccionario, paralizadas, presionando un enorme botón rojo. Todos veían esa caja tan a menudo que difícilmente la reconocían. Había estado colgada en la pared de la enfermería: el desfibrilador. Ese re-vividor cardiaco de emergencia. Él lo debió haber tomado y debió haber leído las instrucciones. Simplemente quitó el papel encerado de las partes pegajosas para pegar los electrodos en cada lado de sus lóbulos temporales. Básicamente una lobotomía de quita-y-pon. Tan fácil que un adolescente de 16 años puede hacerlo.

En la clase de inglés de la maestra Chen, aprendimos “ser o no ser”, pero hay una gran área de matices en medio. Tal vez en las obras de Shakespeare la gente tenía sólo dos opciones. Griffin Wilson. Él sabía que los exámenes universitarios de admisión sólo eran una salida a una larga vida de mierda. A casarse e ir a la universidad. A pagar impuestos y tratar de criar un hijo para que no termine apareciendo en la escuela con un rifle. Y Griffin Wilson sabía que las drogas eran sólo un parche. Después de las drogas, siempre vas a necesitar más drogas.

El problema de ser talentoso y dotado es que a veces te vuelves demasiado inteligente. Mi tío Henry dice que es importante comer un buen desayuno para que tu cerebro continúe creciendo. Pero nadie habla de cómo, a veces, tu cerebro puede ser demasiado grande.

Básicamente somos animales grandes, evolucionados para abrir conchas y comer ostras crudas, pero ahora esperan que les sigamos la pista a las 300 hermanas Kardashian y a los 800 hermanos Baldwin. En serio, a la velocidad a la que se reproducen los Kardashian y los Baldwin van a aniquilar a las demás especies humanas. El resto de nosotros, tú y yo, sólo somos callejones sin salida evolutivos esperando a cerrar los ojos.

Tú le podías preguntar cualquier cosa a Griffin Wilson. Preguntarle quién firmó el Tratado de Ghent. Y él iba a ser como la caricatura del mago que dice “Mírame sacar un conejo de mi cabeza.” Abracadabra, y él sabría la respuesta. En Química Orgánica, podía hablar de la Teoría de las Cuerdas hasta que le faltaba el aire, pero lo que él realmente quería era ser feliz. No sólo carente de tristeza. Quería ser feliz de la forma en la que un perro es feliz. No constantemente sacudido de esa manera por mensajes instantáneos y cambios en el código tributario federal. Tampoco quería morir. Él quería ser y no ser, pero al mismo tiempo. Tal era su nivel de genialidad e innovación.

El director de asuntos estudiantiles hizo que Tricia Gedding jurara no contarle a una sola alma, pero ya sabes cómo resultó eso. El distrito escolar temía la aparición de imitadores. Esos desfibriladores estaban en todos lados en aquel tiempo.

Desde aquel día en la enfermería, Griffin Wilson pareció más feliz que nunca. Él siempre estaba riendo muy fuerte y limpiando la saliva de su barbilla con su manga. Los maestros de educación especial le aplaudían y lo llenaban de elogios sólo por usar el inodoro. Hablando de un doble estándar. El resto de nosotros luchábamos con dientes y uñas por un lugar en cualquier carrera basura, mientras que Griffin Wilson iba a estar encantado con caramelos de un centavo y retransmisiones de Los Muppets por el resto de su vida. 
Él, como era entes, estaba abatido excepto si ganaba cada torneo de ajedrez. Él, como es ahora, justo ayer, se sacó el pene y se masturbó en el autobús escolar. Y cuando la señorita Ramírez se estacionó y dejó el asiento del conductor para perseguirlo por el pasillo, él gritó, “Mírame sacar un conejo de mis pantalones”, y le roció semen en la playera de su uniforme. Él rió todo el tiempo.

Lobotomizado o no, él sigue sabiendo el valor de una frase pegajosa. En lugar de ser otro nerd, ahora es el alma de la fiesta.

El voltaje incluso hizo desaparecer su acné.

Es difícil argumentar contra resultados como ese.

No había pasado ni una semana después de que él se había convertido en zombie cuando Tricia Gedding fue al gimnasio en el que hace Zumba y tomó el desfibrilador de la pared del vestidor de mujeres. Desde que ella misma se administró el procedimiento quita-y-pon en el baño, no le importa dónde le llegue el periodo. Su mejor amiga, Brie Phillips, tomó el desfibrilador que guardan junto a los baños de Home Depot, y ahora camina por la calle, llueva o truene, sin pantalones. No estamos hablando de la escoria de la escuela. Estamos hablando del presidente de la clase y la líder de las porristas. El mejor y el más brillante. Cualquiera que haya jugado en la primera división de un equipo de deportes. Tomó todos los desfibriladores de aquí a Canadá, pero desde entonces, cuando juegan futbol nadie lo hace según las reglas. Incluso cuando pierden, siempre están sonrientes y chocando las manos.

Continúan siendo jóvenes y bien parecidos, pero ya no se preocupan por el día en que ya no lo sean.

Es y no es suicidio. El periódico no reportará los números actuales. Los periódicos se halagan a sí mismos. La página de Facebook de Tricia Gedding ya tiene más lectores que el periódico local. Medios masivos de comunicación, mi trasero. Cubren la página central con desempleo y guerra, ¿y no piensan que eso tiene un efecto negativo? Mi tío Henry me lee un artículo sobre una propuesta de cambio en la ley estatal. Los funcionarios quieren un período de espera de 10 días sobre la venta de todos los desfibriladores cardíacos. Hablan de verificación obligatoria de antecedentes y exámenes de salud mental. Pero no está en la ley, no aún.

Mi tío Henry busca el artículo del periódico y me hojea en el desayuno.  Me lanza esa mirada severa y pregunta, “Si todos tus amigos se lanzaran de un puente, ¿tú lo harías?”

Mi tío es lo que tengo en lugar de mamá y papá. Él no lo acepta, pero hay una buena vida después del borde de ese puente. Hay un suministro de por vida de permisos de estacionamiento para discapacitados El tío Henry no entiende que todos mis amigos ya se lanzaron.

Pueden ser de "capacidades diferentes", pero mis amigos todavía están ligando. Estos días más que nunca. Tienen cuerpos sensuales y cerebros de infantes. Lo mejor de los dos mundos. LeQuisha Jefferson metió la lengua dentro de Hannah Finermann durante Carpintería I, la hizo chillar y retorcerse ahí mismo, inclinada contra la prensa del taladro. ¿Y Laura Lynn Marshall? Se lo chupó a Frank Randall en la parte trasera del laboratorio de Cocina Internacional mientras todos miraban. Todos sus falafels se quemaron, y nadie hizo un caso federal de ello.

Después de apretar el botón rojo del desfibrilador, sí, una persona sufre algunas consecuencias, pero no sabe que está sufriendo. Una vez que se somete a una lobotomía quita-y-pon, un niño puede salirse con la suya.

Durante la sesión de estudio, le pregunté a Boris Declan si dolía. Él estaba sentado en la cafetería con las marcas rojas de quemaduras, aún frescas, a cada lado de su frente. Tenía abajo los pantalones, alrededor de sus rodillas. Yo le pregunté si el shock era doloroso, y él no respondió, no enseguida. Sólo sacó sus dedos de su trasero y los olió, pensativo. Él era el rey de la graduación del año pasado.

En muchas maneras, él es más relajado ahora que antes. Con su trasero de fuera a mitad de la cafetería, me ofrece una esnifada y le respondo, “No, gracias.”

Dice que no recuerda nada. Boris Declan ofrece una sonrisa tonta y descuidada. Da unos golpecitos con el dedo sucio a la marca de la quemadura en un lado de su cara. Apunta con el mismo dedo manchado de trasero para hacerme mirar hacia una pared. En la pared que está señalando hay un póster del consejero que muestra aves blancas batiendo sus alas contra un cielo azul. Debajo, se leen las palabras “la verdadera felicidad sólo sucede por accidente”, impresas en una tipografía de ensueño. La escuela colgó el póster para esconder la sombra que mostraba dónde estaba colgado otro desfibrilador.

Es claro que, sin importar cómo termine la vida de Boris Declan, él siempre estará en el lugar correcto. Ya está viviendo en un trauma cerebral nirvana. El distrito escolar tenía la razón sobre los imitadores.

Sin ofender a Jesús, pero los sumisos no heredarán la tierra. Juzgando por los realitys, los ruidosos pondrán sus manos en todo. Y yo digo, déjenlos. Los Kardashians y los Baldwins son como algunas especies invasivas. Como las kudzus o los mejillones cebra. Hay que dejarlos pelear por el control del mundo real de mierda.

Por un largo tiempo escuché a mi tío y no me lancé. Ya no sé. Los periódicos nos advierten sobre bombas terroristas de ántrax y nuevos brotes del virus de la meningitis, y el único consuelo que pueden ofrecer es un cupón de 20 centavos de descuento en desodorantes.

No tener preocupaciones ni arrepentimientos –es muy atractivo. Como la mayoría de los chicos populares en la escuela, he decidido auto-freírme, en este punto sólo quedan los perdedores. Los perdedores y los naturalmente tontos. La situación es tan horrible que soy uno de los favoritos para mejor estudiante. Es por eso que mi tío Henry me manda fuera. Él cree que mandándome a Las Cataratas Gemelas puede posponer lo inevitable.

Así que estamos sentados en el aeropuerto, esperando abordar nuestro vuelo, y pregunto si puedo ir al baño. En el baño de hombres pretendo lavarme las manos para poder ver así el espejo. Mi tío me preguntó, una vez, por qué miraba tanto al espejo, yo le contesté que no era tanto vanidad sino nostalgia. Cada espejo me muestra lo poco que queda de mis padres.

Estoy practicando la sonrisa de mi madre. La gente no practica su sonrisa lo suficiente y cuando más necesitan parecer felices no engañan a nadie. Estoy practicando mi sonrisa cuando ahí aparece: mi boleto a un futuro glorioso y feliz trabajando en un restaurante de comida rápida. En contraposición a una vida miserable como arquitecto famoso o cirujano vascular.

Por encima de mi hombro y un poquito detrás de mí, está reflejado en el espejo. Como una burbuja que contiene mis pensamientos en un cuadro de cómic, está un desfibrilador. Está montado en la pared a mis espaldas, guardado en un estuche metálico con puerta de vidrio que podrías abrir para disparar las alarmas y la luz estroboscópica roja. Un cartel encima de la caja dice DESA y muestra un rayo golpeando un corazón. El estuche de metal es como el escaparate que contiene las joyas de la corona en las películas hollywoodienses de robos.

Abriendo el estuche, automáticamente disparo las alarmas y la luz roja. Rápido, antes que algún héroe entre corriendo, corro hacia el baño para discapacitados con el desfibrilador. Sentado en el baño, abro el estuche. Las instrucciones están impresas en la tapa en Inglés, Español, Francés y en dibujos de cómic. Haciéndolo a prueba de tontos, más o menos. Si espero demasiado no tendré esta opción. Los desfibriladores pronto estarán bajo llave, y una vez que sean ilegales sólo los paramédicos tendrán acceso a ellos.

En mis manos está mi infancia permanente. Mi propia máquina de la felicidad.

Mis manos son más inteligentes que el resto de mí. Mis dedos saben cómo pelar los electrodos y cómo pegarlos a mis sientes. Mis oídos saben cómo se escucha el beep que significa que esta cosa está completamente cargada.

Mis pulgares saben qué es lo mejor para mí. Flotan sobre el gran botón rojo. Como si fuera un videojuego. Como el botón que presiona el presidente para disparar la guerra nuclear. Sólo pulsar un botón y el mundo como lo conozco se acaba. Una nueva realidad comienza.

Ser o no ser. El regalo de Dios para los animales es no tener opción.

Cada vez que abro el periódico quiero vomitar. En diez segundos no sabré cómo leer. Mejor aún, no tendré que hacerlo. No sabré del cambio climático. No sabré del cáncer o del genocidio o del SARS o de la degradación ambiental o del conflicto religioso.

El sistema de localización pública está diciendo mi nombre. Ni siquiera sabré mi nombre.
Antes de que pueda despegar, me imagino a mi tío Henry en la puerta, sosteniendo su pase de abordar. Él se merece algo mejor que esto. Necesita saber que no es su culpa.

Con los electrodos pegados a mi frente, cargo el desfibrilador y camino fuera del baño, hacia la sala de abordaje. Los cables enredados caen por los lados de mi cara, como delgadas y blancas coletas. Mis manos cargan la batería frente a mí como un atacante suicida que lo único que va a volar son sus puntos de IQ.

Cuando me ven, las personas de negocios abandonan sus maletas. La gente en vacaciones familiares agita sus brazos y llevan a sus niños a otro lado. Un tipo cree que es un héroe. Grita, “Todo va a estar bien.” Dice, “Tiene todo por qué vivir.”

Los dos sabemos que es un mentiroso.

Mi cara está sudando tanto que los electrodos podrían resbalarse. Aquí está mi última oportunidad para decir todo lo que tengo en la mente, así que con todo el mundo mirando, confesaré: No sé qué es un final feliz. Y no sé cómo arreglar las cosas. Las puertas se abren y los soldados de Seguridad Nacional se despliegan, y yo me siento como uno de esos monjes budistas en Tíbet o donde quiera que se salpiquen con gasolina antes de asegurarse de que su encendedor realmente funciona. Qué vergonzoso sería eso, estar empapado de gasolina y tener que pedirle un cerillo a un extraño, especialmente desde que los fumadores son minoría. Yo, a la mitad del aeropuerto, estoy empapado de sudor en lugar de gasolina, así de fuera de control están girando mis pensamientos.

De la nada mi tío me toma del brazo, y dice, “Si te lastimas, Trevor, me vas a lastimar también.”

Está aferrado a mi brazo, y yo estoy aferrado al botón rojo. Yo le digo que esto no es tan trágico. Digo, “Te seguiré amando, tío Henry… Sólo no sabré quién eres.”

Dentro de mi cabeza, mis últimos pensamientos son plegarias. Rezo por que esta batería esté totalmente recargada. Tiene que haber demasiado voltaje como para borrar el hecho de que he dicho la palabra amar frente a varios cientos de extraños. Aún peor, se lo he dicho a mi propio tío. Nunca seré capaz de sobrevivir a eso.

La mayoría de la gente, en lugar de salvarme, saca su teléfono y empieza a grabar. Todos están maniobrando para conseguir el ángulo completo. Eso me recuerda algo. Me recuerda las fiestas de cumpleaños y de Navidad. Un millón de memorias se estrellan sobre mí por última vez, algo más que no había anticipado. No me importa perder mi educación. No me importa olvidar mi nombre. Pero extrañaré lo poco que puedo recordar de mis padres.

Los ojos de mi madre y la nariz y la frente de mi padre, ellos están muertos excepto por mi cara. Y esa idea duele, saber que no los recordaré. Una vez que despegue pensaré que mi reflejo es sólo de mí.

Mi tío Henry repite, “Si te lastimas, me vas a lastimar también.”
Digo, “Seguiré siendo tu sobrino, sólo que no lo sabré.”

Sin ninguna razón, una mujer sobresale de la multitud y toma el otro brazo de mi tío Henry. Esta nueva persona dice, “Si te lastimas, también me vas a lastimar…” Alguien más agarra a esa mujer, y alguien toma al último alguien, diciendo “Si te lastimas, también me lastimas.” Más extraños alcanzan y sostienen a los extraños en cadenas y ramificaciones, hasta que todos estamos conectados. Como si fuéramos moléculas cristalizándonos en una solución en Química Orgánica. Todos están agarrados a alguien, y todos están sosteniendo a todos, y sus voces repiten la misma frase, “Si te lastimas, también me lastimas… Si te lastimas, también me lastimas…”

Esas palabras forman una ola lenta. Como un eco en cámara lenta, alejándose , yendo hacia arriba y abajo en las dos direcciones. Cada persona camina para agarrar una persona que está agarrando una persona, que está agarrando una persona que está agarrando a mi tío que me está agarrando a mí- Esto realmente sucede. Suena trillado, pero sólo porque las palabras hacen que todo suene trillado. Porque las palabras siempre echan a perder lo que estás tratando de decir.

Voces de otra gente en otros lugares, extraños, dicen por el teléfono, mirando a través de las cámaras, sus voces a la distancia dicen, “Si te lastimas, también me lastimas …” Y un chico sale de atrás de la caja registradora de Der Wienerschnitzel, corre a través del patio de comida y grita, “Si te lastimas, también me lastimas.” Y los chicos haciendo Taco Bell y los chicos espumando la leche en Starbucks, paran, y se agarran de alguien conectado a mí a través de esta vasta multitud, y lo dicen también. Y justo cuando creo que esto va a parar y todos se van a soltar para tomar sus vuelos porque todo se ha detenido y todos se toman de las manos, incluso a través de los detectores de metal, incluso entonces, el presentador de noticias en CNN, en los televisores montados en lo alto del techo, pone un dedo en la oreja, como para oír mejor, e incluso, dice, "Noticias de última hora.” Luce confundido y, obviamente, leyendo sus tarjetas dice, “Si te lastimas, también me lastimas.” Y sobrepuestas a su voz están las voces de expertos en política en Fox News y  de comentaristas en ESPN, todos ellos lo están diciendo.
Las televisiones muestran a la gente afuera en el estacionamiento, todos tomados de la mano. Conexiones formándose. Todos están subiendo videos de todos, gente parada a millas de distancia pero aún conectada a mí.

Y chisporroteando de estática, voces salen de los walkie-talkies de los guardias de Seguridad Nacional, diciendo, “Si te lastimas, también me lastimas – ¿me copias?”
Hasta ese punto, no existiría un desfibrilador lo suficientemente grande en el universo para alterar nuestros cerebros. Y, sí, eventualmente nos tuvimos que soltar, pero por un poco más de tiempo todos se sostenían fuerte, tratando de hacer que esa conexión durara para siempre. Y si esta cosa imposible pudo pasar, quién sabe qué más sería posible. Una niña en Burger King gritó, “Yo también estoy asustada.” Y un niño en Cinnabon gritó, “Estoy asustado todo el tiempo.”  Y todos los demás asienten. Yo también.

Encima de toda la situación, una gran voz anuncia, “¡Atención!” Por encima de nuestras cabezas, dice, “¿Me pueden poner atención, por favor?” Es una mujer. Es la voz de mujer que llama a la gente y le pide que levante el teléfono blanco para localizarlos.

 Todos listos para escucharla y el aeropuerto entero se reduce a silencio
“Quienquiera que seas, necesitas saber…” dice la voz de mujer del teléfono blanco. Todos escuchan porque todos creen que ella sólo les habla a ellos, individualmente. Desde miles de bocinas, empieza a cantar. Con esa voz, canta de la forma en la que un pájaro canta. No como un loro o un pájaro como los de Edgar Allan Poe, que habla inglés. El sonido es de trinos y escalas en la forma en la que un canario canta, notas imposibles para una boca que conjuga sustantivos y verbos. Podíamos disfrutarlo sin entenderlo. Podíamos amarlo sin saber su significado. Conectados por el teléfono y la televisión, estaba sincronizando a todo el mundo. Esa voz tan perfecta cantaba sobre nosotros.

Lo mejor de todo… su voz llena todo, sin dejar espacios para el miedo. Su canción convierte todos nuestros oídos en un solo oído.

Esto no es exactamente el final. En cada televisión estoy yo, sudando tanto que un electrodo se resbala lentamente hacia un lado de mi cara.

Este, ciertamente, no es el final feliz que tenía en mente, pero comparado con dónde comenzó la historia –con Griffin Wilson en la enfermería poniendo su billetera entre sus dientes como una pistola- bueno, tal vez no es un mal lugar para empezar.



Este artículo fue originalmente publicado en el número de Noviembre de 2013 en Playboy: http://playboysfw.kinja.com/zombie-a-new-original-short-story-by-chuck-palahniuk-1465542446/all

Ilustración de P-Jay Fidler.