miércoles, 2 de julio de 2014

HARRISON BERGERON, un cuento de KURT VONNEGUT [traducción personal]



El año era 2081, y todos eran, por fin, iguales. No sólo eran iguales ante Dios y ante la ley. Eran iguales en todas las maneras posibles. Nadie era más inteligente que los demás. Nadie lucía mejor que los demás. Nadie era más fuerte o más veloz que los demás. Toda esta igualdad era gracias a las Enmiendas Constitucionales número 211, 212 y 213, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.

Aún así, algunas cosas sobre la vida aún no estaban totalmente bien. Abril, por ejemplo, continuaba volviendo loca a la gente por no ser primavera. Y era en ese mes húmedo y pegajoso en el que los hombres H-G se llevaron lejos a Harrison, el hijo de catorce años de George y Hazel Bergeron.

Fue trágico, sí, pero George y Hazel no pudieron pensarlo demasiado. Hazel tenía una inteligencia perfectamente promedio, lo que significaba que ella sólo podía pensar por tiempos cortos y espaciados. Y George, aunque poseía una inteligencia superior a lo normal, tenía una pequeña radio de impedimento mental en su oreja. La ley lo obligaba a usarla todo el tiempo. Siempre sintonizaba transmisiones gubernamentales. Aproximadamente cada veinte segundos, el transmisor enviaba un ruido seco para evitar que la gente como George tomara ventaja injusta debido a su inteligencia.

George y Hazel estaban mirando televisión. Lágrimas resbalaban por las mejillas de Hazel pero ella había olvidado qué las había producido.

En la pantalla del televisor había bailarinas de ballet.

Un zumbido retumbó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron con pánico, como bandidos al escuchar una alarma anti-asaltos.

“Ese fue un muy bonito baile, ese que acaban de hacer”, dijo Hazel.

“Huh” dijo George.

“El baile… fue bonito”, dijo Hazel.

Handicapped Ballerina by Thunderscape-7
Imagen de Thunderscape-7 vía Deviantart
“Yup”, dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. Ellas no eran muy buenas: no mejores que cualquiera.

Cargaban contrapesos y bolsas de perdigones, y sus caras fueron enmascaradas, evitando que alguien se sintiera triste al ver un libre y grácil gesto o un rostro hermoso. George jugaba con la vaga noción de que tal vez las bailarinas no deberían tener ningún impedimento.

Pero no reflexionó mucho antes de que otro ruido salido de la radio en su oreja dispersara sus pensamientos.

George se contrajo de dolor. Al igual que dos de las ocho bailarinas.

Hazel lo vio contraerse.

Al no tener una radio de impedimento mental, le preguntó a George cómo había sido el último ruido.

“Sonó como alguien golpeando una botella de cristal con un martillo de bola” dijo George.

“Creo que sería muy interesante escuchar todos los diferentes sonidos”, dijo Hazel, con un rastro de envidia. “Todas las cosas que inventan”.

“Urn”, dijo George.

“Eso sí, si yo fuera la Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría?” dijo Hazel. De hecho, Hazel era muy parecida a la Directora, una mujer llamada Moon Glampers. “Si yo fuera Diana Moon Glampers”, dijo Hazel, “Habría campanadas los domingos –sólo campanadas. Algo así como en honor a la religión”.

“Podría pensar bien si sólo fueran campanadas”, dijo George.

“Bueno, tal vez las haría muy fuertes”, dijo Hazel. “Creo que sería una buena Directora General”.

“Tan buena como cualquiera”, respondió George.

“¿Quién sabría mejor que yo lo que es normal?” replicó Hazel.

“Cierto”, dijo George. Empezó a pensar en su hijo anormal que en este momento estaba en la cárcel, Harrison, pero el sonido de una bala de salva detuvo los pensamientos.

“¡Rayos!”, dijo Hazel, “ese fue uno especialmente ruidoso, ¿cierto?”

Fue tan ruidoso que George estaba pálido y tembloroso, y al borde de sus ojos irritados podían verse lágrimas. Dos de las ocho bailarinas habían colapsado y se encontraban en el suelo, frotando sus sienes.

“De pronto pareces tan cansado”, dijo Hazel. “¿Por qué no te estiras en el sillón, para que puedas descansar tu pesada bolsa de impedimento en la almohada, querido?”.

Ella se refería al perdigón de cuarenta y siete libras en la bolsa de lona, cerrada con candado alrededor del cuello de George. “Ve y descansa un rato la bolsa”, dijo ella. “No me importa si no somos iguales por un rato”.
George sostuvo la bolsa con las manos. “No importa”, dijo él. “Ni siquiera la siento ya. Es como una parte de mí.”

“Has estado tan cansando últimamente, tan desgastado”, dijo Hazel. “Si pudiéramos, de alguna manera, hacer un hoyo en la bolsa para quitar algunas esferas de plomo... Sólo algunas...”

“Dos años de cárcel y dos mil dólares de multa por cada esfera que saque”, dijo George, “no es precisamente una ganga.”

“Debería poder sacar sólo unas pocas cuando llegaras a casa del trabajo”, dijo Hazel. “Quiero decir, no compites con nadie aquí. Sólo te sientas.”

“Si tratara de hacerlo”, dijo George, “otra gente lo haría y muy pronto estaríamos en el oscurantismo de nuevo, todos compitiendo contra todos. Eso no te gustaría ¿o sí?”

“Lo odiaría”, dijo Hazel.

“¿Ves?”, dijo George. “Cuando la gente empieza a hacer trampa en las leyes, ¿qué crees que pasa con la sociedad?”

Si Hazel no hubiera sido capaz de responder, George no habría podido darle una respuesta. Una sirena se disparó en su cabeza.

“Creo que se desmoronaría”, dijo Hazel.

“¿Qué se desmoronaría?” preguntó George, con la mente completamente en blanco.

“La sociedad”, respondió Hazel, insegura. “¿No es lo que acabas de decir?”

“¿Quién sabe?”, dijo George.

El programa de la televisión de pronto fue interrumpido por un boletín de noticias. Al principio no fue muy claro sobre qué era el boletín pues el locutor, como todos los locutores, tenía un serio impedimento del habla.

Por medio minuto, en un estado de alta exaltación, el locutor trató de decir “damas y caballeros”.

Finalmente se dio por vencido y le entregó el boletín a una bailarina para que lo leyera.

“Eso está bien…“, dijo Hazel sobre el locutor, “lo intentó. Eso es lo importante. Intentó hacer lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Debería obtener un buen aumento de sueldo por haberlo intentado.”

“Damas y caballeros”, dijo la bailarina, leyendo el boletín.
Ella debe haber sido extraordinariamente hermosa, porque la máscara que usaba era verdaderamente espantosa.
Y era fácil darse cuenta que ella era la más fuerte y grácil de todas las bailarinas porque sus bolsas de impedimento eran tan pesadas como las que usaban los hombres más fuertes.

Y ella tuvo que disculparse por su voz, que era una voz inadecuada para una mujer. Su voz era una cálida, luminosa, atemporal melodía. “Discúlpenme…” dijo ella y comenzó de nuevo, haciendo su voz totalmente gris.

“Harrison Bergeron, de catorce años”, dijo ella con un graznido insípido, “ha escapado de la cárcel en la que estaba preso bajo la sospecha de participar en una conspiración contra el gobierno. Él es un genio y un atleta, está poco impedido y debe tenerse como alguien extremadamente peligroso.”

Una fotografía de Harrison Bergeron, sacada del archivo policiaco, fue mostrada en la pantalla. De cabeza primero, luego de lado, luego de forma normal. La fotografía mostraba el cuerpo completo de Harrison contra un fondo calibrado en pies y pulgadas. Él medía exactamente siete pies de alto.

El resto de la aparición de Harrison era Halloween y hardware.
Harrison Bergeron - Wikipedia, the free.
Imagen de bisulinan1973 vía Devianart
Nadie había nacido nunca con impedimentos más pesados. Él había superado los obstáculos más rápido de lo que los hombres HG pensaron. En lugar de un pequeño radio en la oreja que provocara un impedimento mental, él usaba un tremendo par de audífonos, y gafas con lentes gruesas y onduladas.
Las gafas tenían la intención de no sólo hacerlo medio ciego sino también producirle terribles dolores de cabeza.

Metal chatarra colgaba de todas partes de él. De una forma bastante ordinaria, existía cierta simetría, una pulcritud militar de los impedimentos colocados a la gente fuerte. Pero Harrison lucía como un depósito de chatarra. Cargaba trescientas libras mientras transitaba por la vida.

Para compensar que era guapo, los hombres H-G hacían que usara todo el tiempo una pelotilla de plástico rojo en la nariz, que mantuviera sus cejas rasuradas e, incluso, que cubriera sus dientes relucientes con fundas negras.

“Si usted ve a este chico”, dijo la bailarina, “no –y repito, NO- trate de razonar con él.”

Se escuchó el chillido de una puerta siendo arrancada de sus bisagras.
Gritos y llantos desgarradores de consternación se desprendieron del televisor. La fotografía de Harrison Bergeron en la pantalla saltó una y otra vez, danzando al ritmo de un terremoto.

George Bergeron identificó correctamente el origen del terremoto, no le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo muchas veces. “Dios mío--” dijo George, “¡ese debe ser Harrison!”

El entendimiento de la situación fue borrado de su mente instantáneamente por el sonido de un choque automovilístico en su cabeza.

Cuando George pudo abrir los ojos de nuevo, la fotografía de Harrison había desaparecido. Un Harrison vivo y fuerte llenó la pantalla. Era él.
Intro Illustration: Harrison Bergeron I by Shadowgaze
Imagen de Shadowgaze vía Devianart

Tintineando, parecido a un payaso enorme, Harrison se paró en el centro del estudio televisivo.

La perilla arrancada de la puerta del estudio seguía en su mano.
Bailarinas, técnicos, músicos y locutores cayeron sobre sus rodillas ante él, esperando ser asesinados.

“¡Yo soy el Emperador!”, gritó Harrison. “¿Escucharon? ¡Soy el Emperador! ¡Todos tienen que hacer inmediatamente lo que digo!”
Golpeó el suelo con el pie y el estudio tembló.

“¡Incluso si me paro aquí”, bramó, “lisiado, cojeando, enfermo… Soy un jefe superior a cualquier otro hombre que haya existido! ¡Ahora miren en lo que puedo convertirme!”

Harrison desgarró las correas de su arnés de impedimento como un papel mojado, desgarró las correas que sostenían quinientas libras.

Las porquerías metálicas de Harrison chocaron contra el suelo.

Harrison empujó sus pulgares bajo la barra del candado que sostenía el arnés de su cabeza. La barra se quebró como un tallo de apio. Harrison aplastó sus audífonos y sus gafas contra la pared.

Arrojó lejos su nariz de pelota, revelando al hombre que hubiera atemorizado a Thor, el dios del trueno.

“¡Ahora escogeré mi emperatriz!”, dijo, mirando a las personas asustadas. “¡La primera mujer que se atreva a ponerse de pie reclamará al emperador y a su trono!”

Pasó un momento, luego una bailarina se levantó, balanceándose como las ramas del sauce llorón en una tarde de viento.

Harrison arrancó el radio de impedimento mental de su oreja, apagando sus deficiencias físicas con maravillosa delicadeza. Finalmente, le quitó la máscara.

Era cegadoramente hermosa.

“Ahora…”, dijo Harrison, tomando su mano, “¿Deberíamos mostrarle al mundo el significado de la palabra ‘baile’? ¡Música!”, ordenó.

Los músicos retomaron sus lugares con cierta perturbación, y Harrison también los desnudó a ellos de sus impedimentos. “Toquen lo mejor que puedan”, les dijo, “y los haré barones, duques y condes.”

Imagen de HEY-APATHY-COMICS vía Devianart
La música comenzó. Al principió fue normal: torpe, falsa. Pero Harrison tomó a dos músicos de sus sillas, sacudiéndolos como batutas al mismo tiempo que cantaba la música como quería que fuera tocada. Devolvió violentamente a los músicos a sus sillas.

La música comenzó de nuevo con una mejoría notable.

Harrison y su emperatriz simplemente escucharon la música por un rato: escuchaban con seriedad, como sincronizando sus latidos con la música.

Apoyaron el peso de sus cuerpos en las puntas de sus pies.

Harrison puso sus grandes manos en la pequeña cintura de la mujer, dejándola sentir la liviandad que pronto sería suya.

Luego, en una explosión de alegría y gracia, saltaron por el aire.

No sólo habían abandonado las leyes de la tierra sino también la ley de gravedad y de movimiento.

Tambalearon, giraron, caracolearon y revolotearon.

Saltaron como ciervos en la luna.

El techo del estudio estaba a treinta pies del suelo, pero con cada salto los bailarines se acercaban más y más a él.
Se volvió obvia su intención de besar el techo.

Lo besaron.

Y luego, neutralizando la gravedad con amor y voluntad pura, permanecieron suspendidos en el aire, varias pulgadas sobre el suelo, y se besaron por un momento larguísimo.

En ese instante Diana Moon Glampers, la Impedidora General, entró al estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces. El Emperador y la Emperatriz murieron antes de tocar el suelo.

Diana Moon Glampers recargó el arma. Apuntó a los músicos y les avisó que tenían diez segundos para ponerse sus impedimentos de nuevo.

Entonces el interior del televisor perteneciente a los Bergeron se quemó.

Hazel se giró para hacerle un comentario a George sobre el televisor. Pero George había ido a la cocina por una cerveza.

George regresó con la cerveza, deteniéndose por un instante en el que la señal impedidora lo sacudió. Y luego se sentó de nuevo.

“Has estado llorando”, dijo George a Hazel.

“Yup”, contestó.

“¿Por qué?”, preguntó él.

“Lo he olvidado”, dijo ella, “algo muy triste pasó en la televisión.”

“¿Qué fue?”, dijo George.

“Todo está mezclado en mi mente, es confuso”, dijo Hazel.

“Olvida las cosas que te pongan triste”, dijo él.

“Siempre lo hago”, respondió ella.

“Esa es mi chica”, dijo George. Se contrajo de dolor. En su cabeza revoloteaba un ruido parecido al que hacen las pistolas de clavos.

“Dios, puedo notar que ese ruido fue ensordecedor”, dijo Hazel.

“Eso es cierto, puedes asegurarlo”, dijo George.


“Dios--”, repitió Hazel, “puedo notar que ese ruido fue ensordecedor.”


lunes, 9 de junio de 2014

LA MICROFICCIÓN EN TWITTER: UN ARTE SEMIAUTISTA


El internet es una herramienta poderosa que ha permitido el surgimiento de manifestaciones globales de todo tipo entre las que se encuentran los grupos anti sistémicos que actúan a través del ciberespacio publicando información clasificada sobre el gobierno, así como los programas semanales transmitidos vía You Tube. En caso del arte, sucede que la difusión es mayor y se vuelve posible conocer productos artísticos emergentes, incluso, del otro lado del mundo. El fenómeno que agudiza toda manifestación de la globalización cibernética es la aparición de redes sociales.

Este fenómeno quizá sea el más impactante en la sociedad moderna puesto que ocupa el tercer lugar en las actividades cibernéticas mundiales. Sólo en México –durante el 2013- el número de usuarios asciende a más de 40 millones de personas de las cuales el 90% cuenta con un perfil activo de Facebook, 60% con cuenta de You Tube y 56% de Twitter (Times, 2014).

La red social que se abordará en este ensayo tiene usuarios más o menos específicos: el 56% se ubica en el género masculino, el 60% está en un rango de edad entre 18 y 29 años, el 67% ha concluido la preparatoria, el 94% habita en un ambiente urbano, el 35% se encuentra en regiones al norte del país. (Campos, 2012)

Es así que Twitter se ha vuelto un espacio para que la urbe, en su mayoría, mayor de edad exprese sus ideas escudándose por un medio de interacción impersonal.

Curiosamente, muchísimos escritores poseen su propia cuenta de Twitter. Entre ellos están Alberto Chimal, Porfirio Hernández y Guillermo Fadanelli así como talentos emergentes de la talla de Eric Uribares, Aurelio Guzmán, Daniel Saldaña París y Luis Flores. La mayoría se limita a escribir sobre la situación del país, algunos comentarios sarcásticos y actualizaciones personales, pero otros se han unido a una manifestación llamada microficción.

Para entender las características de esta nueva tendencia literaria se deben dejar en claro algunos puntos sobre los que opera Twitter. Para empezar, la actividad principal de esta red social es compartir mensajes –llamados tuits- que no rebasan los 140 caracteres. Cada usuario tiene una cuenta que otros usuarios pueden seguir para tener acceso directo a lo que éste escriba. Cuando un tuit resulta interesante y se quiere compartir, se retuitea –con lo que la cuenta de quien retuiteó hace posible que más gente lo lea-. Si simplemente se quiere archivar se marca como favorito.

Dicho esto, se intuye que la microficción de Twitter es una manifestación compleja por su obligada simpleza: construir una historia en 140 caracteres implica un excelente uso del lenguaje y de la capacidad de sintetizar; en palabras de un gran microficcionista: “Los mundos narrados son pequeñísimos en la página pero se amplifican en la imaginación.” (Chimal, Inicial, 2010)

A pesar de que las características mencionadas sean difíciles de conjugar, esta tendencia de escritura se ha vuelto muy popular e incluso existen cuentas que se dedican completamente a escribir y compartir microficciones. Incluso hace un par de años, en 2012, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires fue lugar de premiación de un certamen de microficción en Twitter, resultando ganador Leo Mercado con el tuit “El cazador prehistórico decide no seguir al mamut que cruza el puente de Bering, desapareciéndonos a usted, a mí y al cuento.” (Gardella, 2013)

En el ámbito nacional, es Alberto Chimal quien ha creado mayor número de microficciones bien logradas, tanto así que en 2012 publicó un libro compilando sus mejores tuits minificcionales bajo el nombre de 83 novelas.

En el prólogo de esta compilación –que puede encontrarse gratis en internet- parecen subyacer algunas características básicas de la microficción como que los personajes se construyen gracias a lo que se dice acerca de ellos, los mundos de la microficción tienen la mayor parte de su extensión en la imaginación del lector, y que las microficciones tienen inicios y finales muy parecidos pero lo importante es la mutación del resto de la historia. Otras características fundamentales son la hibridación genérica, la intertextualidad lúdica y la experimentación lingüística. (Revista Ñ, 2014)

Lo estipulado puede leerse en cada una de las ochenta y tres microficciones que conforman 83 novelas, por ejemplo: “En uno de los mundos posibles no se inventó el lenguaje. Acaso los pobladores son felices, pero en realidad no se puede decir.” (Chimal, Cosmología 8, 2010)

Dentro de la microficción subyace un asunto muy estudiado por teóricos de la lengua: la economía del lenguaje.

La historia nos ha demostrado que tanto en los medios de comunicación personal como en los de masas (con fines comerciales), el precio de la palabra sí importa. Existen medios de comunicación personal caracterizados por sus limitaciones de espacio, como son el telegrama o los SMS. Y lo mismo ocurre con los masivos; podríamos hablar de dos casos en los que la palabra es el bien más preciado: los anuncios por palabras, (ya sea orientados a la compra de bienes o a la contratación de servicios) y el Twitter.
(Roldós Publicidad, 2012)

De esta forma, los tuits y, específicamente, las microficciones de Twitter son producto de una limitación cuantitativa y cada una de las palabras debe estar perfectamente seleccionada.
La microficción contrasta en términos de uso del lenguaje con el resto de contenido de Twitter puesto que tan sólo el 8.7% de los mensajes publicados en esta red social llega a tener algún tipo de contenido de valor, mientras que el 80% de los tuits son sobre asuntos intrascendentales de los cuales el 40.5% son palabras o frases de interés nulo y el 37% son conversaciones con otros usuarios de Twitter. (Roldós Publicidad, 2012)

En lo que toda la información que corre por Twitter se unifica es en la necesidad de tomar el principio de la economía lingüística como ley.

La tendencia a la economía o a la brevedad es un principio comprendido en la naturaleza del propio lenguaje, que, de acuerdo a su función primordial de comunicación, busca la comodidad y el menor esfuerzo en la emisión y descodificación del mensaje.
(Duarte, 2008)

George Kingsley Zipf fue un estadista que propuso cinco puntos operantes en el principio de la economía del lenguaje; el primero trata de una especie de regla matemática en la que la dificultad de pronunciar un fonema es inversamente proporcional a las veces que éste es usado, el segundo se parece mucho al primero pero abarca un campo más amplio –mientras más larga es una palabra, menos es usada-, el tercer punto se relaciona a su vez con el segundo pues propone un proceso dinámico en el que una palabra larga es reemplazada por una más corta con significado igual o similar, el cuarto habla sobre la correlación positiva entre la edad cronológica y las palabras nuevas –principio de la distribución de frecuencia de las palabras-, y el quinto indica que cuanto más frecuente es una palabra, ésta tiene un significado menos variable. (Duarte, 2008)

En el caso de las microficciones de Twitter se pueden apreciar el segundo y el quinto punto: el espacio, de por sí limitado por el formato de esta red social, se ahorra utilizando abreviaciones, supuestos, obviando lo prescindible, todo esto para que una buena historia quepa en un tuit; el quinto punto es observable en la intertextualidad.

Un ejemplo de lo anterior podría ser: “Cayó en trance en el templo, habló en lenguas y empezó (sin que nadie entendiera): -En un lugar de La Mancha…” (Chimal, Espiritual 11, 2010) En la microficción anterior se reemplaza una explicación más o menos larga por el uso de la intertextualidad quijotesca, al mismo tiempo que omite características explícitas del sujeto sin dejar de haber construido ya un personaje completo.

La ley operante en Twitter puede resumirse en un refrán popular: si lo bueno breve, dos veces bueno.

En términos estrictos, la microficción es una novedad por situarse en el escenario del ciberespacio; pero, en realidad, esta manifestación retoma elementos de una lengua bastante antigua: el latín.

Esto resulta lógico cuando se reflexiona que el español es una lengua derivada del latín vulgar, es decir que es una manifestación lingüística en la que el idioma original se fue descomponiendo para dar paso a otro. Más lógico resulta cuando se entiende que ambas lenguas son flexivas, es decir, las palabras se conforman de una raíz a la que se le añaden elementos que dan concordancia gramatical.

El latín es una lengua sintética, “(…) posee un gran número de morfemas ligados (morfemas de caso, inflexiones verbales, etc.)” (Penny, 2001)  esto quiere decir que se añaden afijos a la raíz de la palabra para adecuarla a su función gramatical.

El español es una lengua analítica, “(…) expresan las mismas relaciones gramaticales utilizando preposiciones, artículos o interjecciones (cuando son nombres) y verbos auxiliares (cuando se trata de verbos).” (Heriberto Camacho, 2000).

Se puede notar la gran diferencia entre el español y el latín si se toma en cuenta el contraste de su naturaleza compositiva: en una, la palabra tiene prácticamente significado propio y, en la otra, una palabra subsiste gracias a los morfemas que se ligan a ella
.
¿A qué viene esta nimia lección sobre lenguaje? A que el latín y las microficciones comparten elementos, a pesar de ser éstas de otro idioma.

El elemento en común es la supresión de nexos como los artículos. Cabe aclarar que las microficciones las usan lo menos posible, muy a la usanza ultraísta y, obviamente, por cuestiones de espacio; pero el español de la microficción se está volviendo sintético por economía de lenguaje. Quizá en el futuro las microficciones sean una sola palabra cargada de significado.

Otro elemento en común es la aglutinación de ciertos sustantivos que se convierten en verbos, por ejemplo: “"A escribir se aprende escribiendo, a tuitear se aprende tuiteando". Aunque este es un caso no exclusivo de la microficción, también es parte de ella.

Aunque la microficción se ha estado divulgando como una manifestación novedosa, no es así.
“Como la gran mayoría de los géneros narrativos breves gozan de una tradición milenaria no extraña que a lo largo de los siglos hayan sufrido una serie de modificaciones según la época y la narración contemplada.” (Spang, 2009) Y sobre las palabras de Spang puede notarse una larga línea de sangre que concluye en la microficción de Twitter.

Por ejemplo, el aforismo es una manifestación literaria corta en la que se expresa una verdad de Perogrullo. Se ha retomado por le poesía. Un expositor de este género es Francisco Hernández: “El poema es la huella que deja el homicida en el lugar de los hechos (la hoja en blanco es un crimen perfecto).” (Hernández, 2013)

Otro ejemplo mucho más antiguo es el refrán popular que por su facilidad de memorización se mantiene vivo desde varios siglos. Aunque éste no cuenta una historia –tampoco lo hace el aforismo-, es quizá la manifestación corta más vieja.

Las greguerías entran en esta clasificación, pues se trata de composiciones en prosa que contienen reflexiones ingeniosas o humorísticas. El término fue acuñado por Ramón Gómez de la Serna, quien escribió varias de ellas, por ejemplo: “Los globos de los niños van por la calle muertos de miedo.”.

Los haikús también son manifestaciones literarias cortas: provienen de la tradición de poesía japonesa y sólo se constituyen por tres versos. Por ejemplo: “La mariposa revolotea /   como si desesperara / en este mundo” Kabayashi Issa.

Claro que de las expresiones aquí citadas ninguna es de la naturaleza de la microficción pero antes de la creación de Twitter, Monterroso ya nos deleitaba con el despertar de los dinosaurios.

A modo de conclusión, parece pertinente afirmar que las manifestaciones artísticas se van adaptando a la realidad: es por ello que la microficción de Twitter cobra una gran popularidad en esta época. Otra razón importante de la popularidad de la microficción es la economía del lenguaje que reina en Twitter gracias a su formato. Y aunque hay expresiones de este tipo que resultan interesantes, el gran problema es su hermetismo: primero, sólo llegan a aquellos con una cuenta de Twitter, luego, sólo a los interesados que se toman el tiempo de seguir a los microficcionistas, finalmente, porque la microficción es una creación en la que se da por sentado mucho, por lo que supone una actividad racional que no todos tienen.
Puede decirse que la microficción es un arte semiautista que proviene de una larga tradición prosística que ha desembocado en el sintetizar lo más posible tratando de crear un tuit coherente. Como los autistas, sólo dice lo necesario, sólo se mueve en su zona de confort.

Bibliografía

Campos, R. (Diciembre de 2012). Twitter: uso y penetración. Obtenido de Slideshare: http://www.slideshare.net/hoovazqtank/uso-y-penetracin-de-twitter-en-mxico-2013
Chimal, A. (2010). 83 novelas. México: La Guillotina.
Duarte, J. P. (2008). El principio de la economía lingüistica. Pragmalingüística, 7-27.
Gardella, M. (11 de Mayo de 2013). Ganadores del concurso de Microficción por Twitter de la Feria del Libro de Buenos Aires. Obtenido de Internacional microcuentista: http://revistamicrorrelatos.blogspot.mx/2013/05/ganadores-del-concurso-de-microficcion.html
Heriberto Camacho, e. a. (2000). Manual de Etimologías Grecolatinas. México: Limusa.
Hernández, F. (16 de Semptiembre de 2013). Aforismos de Francisco Hernández. Obtenido de Círculo de poesía: http://circulodepoesia.com/2013/09/aforismos-de-francisco-hernandez/
Revista Ñ (5 de Mayo de 2014). Microficción, la literatura en unas pocas palabras. Obtenido de Revista de cultura Ñ: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Microficcion-literatura-pocas-palabras_0_1135086819.html
Penny, R. (2001). Gramática Histórica del Español. Barcelona: Ariel.
Publicidad Roldós (2012 de Noviembre de 2012). Economía del lenguaje. Obtenido de Roldós: http://www.roldos.es/blog/economia-del-lenguaje/
Spang, K. (2009). Géneros literarios. En e. a. Miguel Ángel Garrido, El lenguaje crítico: vocabulario crítico. Madrid: Signa.
Times, i. (2 de Abril de 2014). iLifebelt Times. Obtenido de Usuarios y uso de Internet en México 2013: http://ilifebelt.com/usuarios-y-uso-de-internet-en-mexico-2013/2013/04/



lunes, 5 de mayo de 2014

A pesar de no querer: confesionario

No me da miedo decir que soy mujer a pesar de no identificarme ni con mi sexo ni con ningún otro, a pesar de sofocarme con el molde de plástico frío que fue diseñado por la historia para que al menos en eso todo el género sea equitativo. No me da miedo decir que soy mujer y amo y desamo mi sexo, aunque me tachen de feminista o misógina. Soy mujer y me miro al espejo y sé que no puedo ser sólo eso, que esa palabra se queda corta para mí y para cualquier persona a la que no le cuelgue el sexo.

No tengo miedo de aceptar que tengo un nombre a pesar de no encontrar en mis rasgos las consonantes que lo forman, a pesar saber que mis piernas no caben en un sustantivo de seis letras, a pesar de mi acta de nacimiento y mi lugar en la lista de alumnos. Tengo nombre y así me llama la gente y yo les hago caso cuando me llaman así por costumbre a pesar de sentir que yo no soy a quien llaman.

No tengo miedo de ser llamada hija, a pesar de saber que mis padres fueron sólo un receptáculo de circunstancias dirigidas a que yo estuviera hoy y todos los días deambulando por esta ciudad de nadie. A pesar de haber sido planeada sólo como compañera de juego de mi hermano, como un peso muerto que equilibrara la balanza familiar.

No tengo miedo de decir que soy hermana de alguien, a pesar de las discusiones que nunca añejan, de los juguetes compartidos, de la sombra que siempre tuve que pisar. Soy hermana de un muchacho tres años mayor que yo, le amo con el cariño de Caín, con la fuerza del animal que teme estar solo.

No tengo miedo de aceptar que tengo una familia, a pesar de estar partida por una mentira de más de veinte años, a pesar de las tendencias divididas, los chistes homofóbicos y los comentarios burgueses. Tengo una familia con todas las letras que componen la palabra, por ellos las tormentas desaparecen y reaparecen. Me veo en ellos reflejada, en sus tendencias divididas, en sus chistes homofóbicos y en sus comentarios burgueses.

No tengo miedo de aceptar que soy un ser humano a pesar de sentirme poco encadenada a mi cuerpo y a mi formación celular, tengo un cuerpo y cierta civilidad. Soy humana a pesar de tener un lado animal más expuesto que escondido, aúllo a la luna y nunca quiero abandonar el mar.

No tengo miedo de decir que esta sociedad me formó, a pesar de su tambaleante estructura, de los comediantes que la gobiernan y de aborrecerla. La sociedad está en mí como en cualquier otro, como un cáncer que se alimenta de todo lo que quiero hacer y que no produce capital monetario.

No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad, a pesar de sus balaceras y su tercermundismo, de su presidente y su decadencia. Nací aquí y esto es todo lo que tengo, quisiera decir puto México pero suena cursi, nunca quiero irme de este país. No tengo miedo de aceptar mi nacionalidad aunque no me sienta parte de ella, aunque sea lo único de lo que realmente me enorgullezco, aunque es lo único que me preocupa perder algún día.

No tengo miedo de aceptar que soy lo que soy a pesar de no sentirme parte de nada, de ser una extraña en mi propio cuerpo, extranjera en mi propio país. 

Soy lo que soy a pesar de todo, a pesar de no querer.


domingo, 20 de abril de 2014

Los epilépticos, Miguel Ángel Alvarado [Transcripción de la antología "Camisa de 18 varas"]



LOS EPILÉPTICOS

Los epilépticos se quedan quietos.
La epilepsia es la enfermedad más elegante,
la más seria, la más arrogante.
Los epilépticos miran temblar sus manos,
abrirse espacios en la carne.
La paciencia les dice que nunca han de curarse; no se curan,
         se impacientan.
Los epilépticos nunca están solos
pero no se dan cuenta porque siempre están
retorciéndose, recorriéndose, evaporándose.
No se pueden salvar,
no se pueden evitar. Les apura evitarse.
Sólo saben gritar.

Los epilépticos tienen los labios fríos
pero quemantes.
Se ponen a pensar cómo serían si estuvieran sanos,
en paz sus cuerpos en todo momento.
Temblarían de aburrimiento, de vergüenza;
Serían simples y se enamorarían.
Pero nadie sabe. ¡Hum! Sólo ellos.

De noche no duermen.
Lo hacen de día
para no morderse la cara,
para no comerse la lengua
ni asfixiarse en las horas idas.
Los epilépticos están con dios
pero tienen al diablo dentro.
de sus cuerpos salen
y se ponen a platicar entre ellos.
Se tocan el sexo y aprenden cosas
que luego cuentan como si fueran cuentos.

Cansados de viajar sin salir de casa,
sólo cierran los ojos y se tocan el alma.
Tienen el cuerpo de mermelada y es amarga, amarga.
Se les caen los dientes, las entrañas.

Se hacen hambrientos de gente,
necesitan saber que son gente,
creer que todo lo tienen;
burlarse del amor y de esa espina
clavada en la cabeza.
Se ríen de todo. ¿Por qué se ríen de todo?
Los epilépticos son inmortales
pero no se resignan. Quieren morir de verdad,
Tener su propio ataúd, dejar de temblar.

Llenos, pero llenos de algo duro, que duele,
esperan el mediodía para llorar calladamente,
para decir “esta pastilla es la vida”.
A veces tienen mujeres,
a veces; los epilépticos son así,
con senos, caderas y cuellos finos.
Pero no duran mucho.
No caben en la cama.
No saben ser almohada.

Los epilépticos sin tierra, sin pared,
sin hijos, sin historias de amaneceres intencionales,
no hacen nada.
Son como en el agua las piedras, como el aire.

Sólo tiemblan.


Miguel Ángel Alvarado

sábado, 19 de abril de 2014

El uso de la fuerza (1938), William Carlos Williams [Traducción personal]

Ellos eran nuevos pacientes míos, todo lo que sabía era el nombre: Olson. Por favor venga tan pronto como pueda, mi hija está muy enferma.

Cuando llegué fui recibido por la madre, una mujer grande de aspecto asustado, tan limpia y apologética que sólo se atrevió a decir: ¿es éste el doctor?; y a dejarme pasar. En la parte trasera, añadió. Debe disculparnos, doctor, la tenemos en la cocina porque ahí es cálido. La casa es muy húmeda a veces.

La niña estaba completamente vestida y sentada en las piernas de su padre, cerca de la mesa de la cocina. Él trataba de levantarse, pero le hice un gesto para que no se molestara en hacerlo, me quité el abrigo y empecé a mirar. Pude ver que todos estaban muy nerviosos, inspeccionándome de arriba a abajo con desconfianza. Como suele suceder en tales casos, no me decían más de lo que necesitaban, ese era mi trabajo; para eso estaban gastando tres dólares en mí.

La niña me devoraba con sus fríos, quietos ojos, aunque sin expresión en su rostro. No se movía y parecía, internamente, tranquila; una pequeña y atractiva cosita, y tan fuerte, en apariencia, como un novillo. Pero su cara estaba enrojecida, ella respiraba rápidamente, y me di cuenta que tenía fiebre alta. Ella tenía un espléndido cabello rubio, en la profusión. Una de esas niñas salidas de fotos reproducidas en folletos publicitarios y secciones de fotograbado de los periódicos dominicales.

Ha tenido fiebre por tres días, comenzó el padre, y no sabemos por qué. Mi esposa le ha dado cosas, ya sabe, como hace la gente, pero no mejora. Y han habido muchas enfermedades por estos rumbos. Así que pensamos que sería mejor que la revisara y nos dijera cuál es el problema.

Como los doctores hacen comúnmente, tomé un tiro de prueba como punto de partida. ¿Ha tenido dolor de garganta?

Ambos padres contestaron juntos, No… No, dice que su garganta no le duele.

¿Te duele la garganta? Preguntó la madre a la hija. Pero la expresión de la pequeña no cambió ni movió sus ojos de mi cara.

¿Ha revisado?

Lo intenté, dijo la madre, pero no pude ver.

Da la casualidad que habíamos estado teniendo una serie de casos de difteria en la escuela a la que esta niña fue durante ese mes y todos estábamos, bastante obviamente, pensando en ello, aunque nadie había hablado aún de eso.

Bueno, dije, supongo que primero echaremos un vistazo a su garganta. Sonreí de la manera más profesional que pude y, preguntando por el nombre de la niña, dije, vamos, Matilda, abre tu boca y echemos un vistazo a tu garganta.

No hacía nada.

Aw, por favor, dije, sólo abre grande tu boca y déjame ver. Mira, dije abriendo completamente mis manos, no tengo nada en las manos. Sólo ábrela y déjame ver.

Qué hombre tan amable, añadió la madre. Mira qué gentil es contigo. Vamos, haz lo que te dice. No te va a lastimar.

En respuesta a eso, apreté los dientes con disgusto. Si tan sólo no hubieran usado la palabra “lastimar” yo podría haber llegado a algún lado. Pero no me permití apresurarme o perturbarme y hablando en voz baja me acerqué lentamente a la niña de nuevo.

Al mismo tiempo al que movía mi silla un poco más cerca de pronto, con un movimiento gatuno, sus manos trataron de arañar instintivamente mis ojos y casi los alcanzaron. De hecho, me quitó los lentes –que volaron- y cayeron, aunque no estaban rotos, varios metros lejos de mí en el piso de la cocina.

El padre y la madre casi se ponen de cabeza de vergüenza y disculpas. Niña mala, dijo la madre, agarrándola y sacudiéndola del brazo. Mira lo que has hecho. Este hombre tan amable…

Por dios, interrumpí. No me llame hombre amable frente a ella. Estoy aquí para revisarle la garganta por la posibilidad de que tenga difteria y posiblemente muera por eso. Pero eso no significa nada para ella. Mira, le dije a la niña, vamos a mirar tu garganta. Eres lo suficientemente grande para entender lo que digo. ¿La abrirás sola o tendremos que abrirla por ti?

Ni un movimiento. Incluso su expresión no cambiaba. Su respiración se había vuelto más y más rápida. Luego comenzó la batalla. Tenía que hacerlo. Tenía que hacerle una revisión de garganta por su propio bien. Pero primero le dije a los padres que dependía totalmente de ellos. Expliqué el peligro pero dije que no insistiría en la revisión de garganta si no tomaban la responsabilidad.

Si no haces lo que dice el doctor, te vamos a llevar al hospital, amenazó la madre.

¿Ah sí? Tuve que sonreír para mis adentros. Después de todo, ya me había enamorado de la salvaje mocosa, los padres eran despreciables conmigo. En la lucha que siguió se hicieron más y más abyectos, abrumados y cansados ​​mientras que ella sin duda elevó a alturas magníficas de la insana furia el esfuerzo de tenerme miedo.

El padre intentó lo mejor que pudo, y era un hombre grande pero el hecho de que fuera su hija, la vergüenza de su comportamiento y el pavor de lastimarla lo hicieron soltarla justamente en el momento crítico en el que casi lograba el éxito,  hasta quería matarlo. Pero su pavor de que tal vez tuviera difteria lo hizo pedirme que continuara, que continuara aunque él mismo casi se desmayaba, mientras la madre se movía hacia adelante y atrás, a nuestras espaldas bajando y subiendo las manos en una agonía de aprehensión.

Ponla frente a ti, en tu regazo, ordené, y sostén sus muñecas.

Pero tan pronto como lo hizo la niña dejó escapar un grito. No, me estás lastimando. Suelta mis manos. Suéltalas te digo. Luego chilló terriblemente, histéricamente. ¡Ya! ¡Detente! ¡Me estás matando!

¿Cree que pueda aguantarlo, doctor? Dijo la madre.

Vete, dijo el esposo a su esposa. ¿Quieres que se muera de difteria?

Vamos, sosténgala, dije.

Entonces agarré la cabeza de la niña con la mano izquierda y traté de poner el abate lenguas entre sus dientes. Ella peleó, con los dientes apretados, desesperadamente. Pero ahora yo también me había puesto furioso- con una niña. Traté de controlarme pero no pude. Sé cómo exponer una garganta para una inspección. E hice lo mejor que pude. Cuando finalmente pude poner la espátula de madera tras los últimos dientes, justo en el punto de la cavidad bucal, abrió la boca por un instante pero antes de que pudiera ver algo la cerró, moliendo entre sus molares el abate lenguas que redujo a astillas antes de que pudiera sacarlo.

¿No te da pena? Gritó la madre. ¿No te da pena portarte así enfrente del doctor?

Tráigame una cuchara de mango suave, le dije a la madre. Vamos a continuar con esto. La boca de la niña estaba sangrando. Su lengua estaba cortada. Ella gritaba salvajemente y chillaba histéricamente. Tal vez debí haber desistido y haber regresado en una hora o más. Sin duda hubiera sido mejor. Pero he visto al menos dos niños que yacían muertos en la cama de la negligencia en tales casos, y sintiendo que debía tener un diagnóstico en ese preciso momento fui de nuevo. Lo peor fue yo también fui más allá de la razón. Pude haber desgarrado la boca de la niña en mi propia furia y haberlo disfrutado. Era un placer atacarla. Mi cara ardía de ello.

La maldita mocosita debía ser protegida contra su propia idiotez, se decía uno a sí mismo en esos momentos. Otros deben ser protegidos contra ella. Es una necesidad social. Y todas esas cosas son ciertas. Pero una furia ciega, un sentimiento adulto de vergüenza, anhelo de relajación muscular son los que mandan. Uno sigue hasta el final.

En el último asalto irracional dominé el cuello y las mandíbulas de la niña. Forcé la pesada cuchara de plata detrás de sus dientes y hacia su garganta hasta que se atragantó. Y ahí estaban –ambas amígdalas cubiertas de membrana. Ella había peleado valientemente para mantenerme lejos de conocer su secreto. Había estado escondiendo esa garganta irritada por tres días por lo menos y mintiéndole a sus padres con el fin de escapar de un resultado como este.

Ahora estaba verdaderamente furiosa. Había estado a la defensiva antes pero ahora atacaba. Trató de bajar el regazo de su padre y volar hacia mí mientras las lágrimas de la derrota cegaban sus ojos.


martes, 8 de abril de 2014

Andar de veintiséis a los cincuenta, Alejandro Ariceaga [Transcripción de la Antología "Camisa de 18 varas"]

Pero algo invierte las cosas, como es natural, y uno acaba, a los cuarentaitantos, persiguiendo a las nínfulas de veinte.

Para decirlo con precisión, me enamoré de una de veintiséis nueve semanas, dos días y algunas horas. Para decirlo de otro modo, se despertó un gato con rabia y me arañaba al mediodía, me arañaba en la tarde y al anochecer se iba a dormir abajo de mi almohada. Era yo ni más ni menos que el retrato de un alma que se volteó al revés, igual que se voltea un calcetín costura afuera.


Ella no era culpable de tener la clase de ojos que me dan cosquillas. 


A la semana y media ya no me iba gustando: la llevaba en la camisa todo el pinche día, en las arrugas del pantalón, en el reloj y en el páncreas.

Ella no fue culpable de regalarme una mirada y luego dos y luego un gesto que debe ser natural, como dar los buenos días o hablar de dinosaurios, pero que un demente como yo traduce como señal inequívoca de entrega. Y sólo estaba diciendo buenos días y hasta mañana. Lo juro y lo perjuro.


Y al cumplirse dos semanas yo tenía vértigos de impaciencia por sembrarle el hijo que nunca nacería, por mojarle el pecho con mi sudor helado, por llenarle las orejas de historias tontas y macabras

.
Antes del mes había renacido el joven que fui trepándose a las bardas y me puse a recordar que Julio Torri se lanzaba en bicicleta en pos de púberes canéforas (por lo menos lo platican) y me sentí de aquella especie en extinción.


A las ocho semanas ardía de fiebre. La buscaba en todas partes y a todas horas y lamentaba que nadie, ni las piedras, nos vieran caminar por esas calles, bajo los cables de luz, por los jardines. Qué sensación de estar perdiendo el tiempo.


Pero las aguas volvieron a su cauce. La realidad se impuso, como dicen, y ella lo dijo claro, paloma blanca de adiós: eso ya no se puede.


Qué risa y qué chulada, mi noble corazón apasionado.